Durante los primeros días de enero, San Juan de Pasto, al sur de Colombia, deja de ser una ciudad andina para transformarse en un territorio simbólico donde el color, el juego y la memoria colectiva se imponen sobre la rutina. La vida cotidiana se suspende y emerge el “Carnaval de Negros y Blancos”, un evento que mezcla raíces indígenas de los pueblos originarios, episodios coloniales y símbolos de resistencia cultural. El “Día de los Negros” nació como un homenaje a los esclavizados, que solo tenían un día al año para celebrar su libertad. En respuesta, la gente del pueblo se pintaba la piel con betún para unirse a ese festejo. El “Día de los Blancos”, en cambio, llegó después, como una mezcla de celebración colonial y juego popular en el que todos se cubrían de polvo blanco. Desde 1880, ambas expresiones se fundieron en una sola fiesta que hoy es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.









