
El neoliberalismo agrario nos quiere hacer creer que el monocultivo, los monopolios y el latifundio son el único camino virtuoso y viable para hacer agricultura en este tiempo y es imposible salirse de esa huella. Se pretende convencer a la ciudadanía de lo bueno y virtuoso que es el modelo de sojización inducida con concentración de tierras y rentas. Una escaramuza más, de la batalla cultural.
Una aclaración muy pertinente. No tenemos nada contra la soja como cultivo, el problema grave es el monocultivo de soja, que es otra cuestión. Los defensores de la chacra mixta no somos refractarios ni a su siembra, ni a la aplicación de tecnología, ni queremos volver al caballo y al carro, todo lo contrario. Sí somos enemigos de la concentración económica, de la depredación ambiental, de la deslocalización de la producción de alimentos, de las fumigaciones indiscriminadas, del desarraigo, de la taperizacion de la pampa húmeda, del latifundio, etc. No hay monocultivo bueno.
Éste ha arrasado con todo el interior profundo, reconfigurándolo en un inmenso desierto verde, con muy pocos dueños y totalmente deshabitado. El más elocuente ejemplo de este auténtico desastre es que en los últimos 20 años, se han arrancado más de 1.200 km de alambrados. Esto es el certificado de defunción de miles de chacras. Ironías del destino. No es el “a desalambrar” que cantaba Daniel Viglietti, en favor de una distribución democrática de la tierra; es el desalambrar carroñero del latifundio, para concentrar, aún más, la propiedad. Es un retorno al siglo XIX.
Todo el debate agrario argentino gira obsesivamente al compás del interés de la agroexportación. Hay que producir más, para exportar más y para obtener más divisas. Cada vez se produce más y se exporta más, y cada vez el pueblo es más pobre y vive peor. El tema no es sólo producir para exportar, sino producir para el bien común. Se trata de sembrar, cosechar y luego distribuir, para que puedan comer los 47 millones de argentinos y luego exportar lo que sobra. Tan sencillo como eso.
No se puede medir el éxito de un modelo agrario sólo por la ecuación volumen-exportación. No es lo mismo un volumen sobre la base del monocultivo, que con diversidad productiva; con o sin productores laburando la tierra, o respetando las normas medioambientales y franjas de prohibición de la fumigación, que arrasando con todo. Son volúmenes que expresan dos realidades totalmente distintas. El volumen a secas no puede ser un valor absoluto y único, tal como nos lo venden los publicistas del monocultivo. Hay que combinar volumen, medio ambiente y arraigo, con diversidad productiva y racionalidad logística.
Sin INTA no hay “milagro argentino”
El ingeniero Fernando Martínez, ex director de la agencia del INTA de Casilda, un experto en suelos agrícolas y estudioso de la historia agraria, escribió: “La soja está, en nuestro país, aproximadamente desde 1900 (…) la historia moderna de la soja en Argentina empieza en 1956 cuando el ingeniero Ramón Agrasar funda la empresa Agrosoja, y empieza a promocionar el cultivo en el Sur de Santa Fe. En 1958, Primo Gambetta, Gerente de la cooperativa Agrícola Ganadera Netri (FAA) de Sanford junta a un par de socios que se interesan en el cultivo y empiezan a sembrarlo en la zona (…)”. A partir de ahí comienzan a jugar tres elementos imposibles de soslayar en esta historia, y que Martínez los marca con claridad.
1) El rol del INTA. Éste fue clave en la difusión y capacitación para la siembra del cultivo. Sin INTA no habría milagro sojero. Ni desarrollo de la siembra directa (y pensar que hoy, los principales beneficiados de la labor del INTA lo quieren destruir).
2) La Junta Nacional de Granos, otro actor central de este proceso, fue la que le puso a la soja un precio de mínimo sostén y obligatorio. Fijó los estándares de comercialización y se constituyó en comprador, a partir de lo cual el cultivo se pudo desarrollar. Había precio y comprador (¡todo Estado!). ¿Se pondera correctamente esto?
3) Las Pymes. Vasalli la única fábrica de cosechadora nacional que sobrevivió a la oleada importadora de los ‘90, ahora en proceso de liquidación, fue la que adaptó la máquina para que se pudiera cosechar la soja. Sembrar y no cosechar, es como tener un auto sin nafta.
Estado, regulaciones, Junta Nacional de Granos, Pymes, INTA, todo lo que estos nuevos “genios” de la economía y la política detestan, es lo que explica el nacimiento y desarrollo de la soja en Argentina.
(*) Extitular de la Federación Agraria Argentina (FAA). Coautor de “La Argentina agropecuaria: propuestas para una agricultura nacional y popular de rostro humano”.











