El ingeniero Pascual Enrique Viollaz tenía 80 años y vivía en la ciudad de Villa Elisa, departamento Colón. El profesional gozaba del aprecio y reconocimiento de sus vecinos. Vivía solo en su casa. Ya jubilado disfrutaba de sus años maduros con tranquilidad, luego de una vida de trabajo.

Pero el 25 de mayo de 2020, comenzadas hacía dos meses las restricciones por la pandemia de Covid 19, dos sujetos irrumpieron en su hogar en bulevar Churruarín al 400 y le arrebataron cruelmente la vida.
“¡Buen día, venimos del correo!”, dijo uno de ellos, y pese al feriado patrio, cuando normalmente rige un asueto, el hombre mayor abrió la puerta de su casa. Acababa de cumplir su octava década de vida y con la calma de los residentes de las ciudades pequeñas, no sospechó de los recién llegados que lo atacaron en el patio, hasta prácticamente desfigurarle la cara.
No había vecinos alrededor de su casa por lo que nadie escuchó nada. Los sujetos lo ataron de pies y manos con precintos y reforzaron las ataduras de estas con una soga y un trozo de tela y le colocaron una bolsa en la cabeza. Se dedicaron a saquear la vivienda, mientras la víctima agonizaba en el piso del comedor, en medio de un gran charco de sangre.
La autopsia fue clara: murió por “descompensación cardiovascular por estrés”, descartando que el deceso se haya producido por asfixia o las lesiones, aunque el informe médico forense confirmaba que había sufrido varios golpes -sobre todo en su rostro-, pero sin la entidad suficiente como para matarlo.
Los culpables
En horas de la noche, una persona llegó al hogar de Viollaz y se encontró con el terrible cuadro. La Justicia caratuló la causa como “Homicidio en ocasión de robo” y fue investigada a lo largo de todo un año, hasta que finalmente fueron llevados al banquillo de los acusados seis sujetos, entre ellos una mujer.
Ente las seis personas imputadas, tres de Concepción del Uruguay, fueron vinculadas y condenadas por el caso. Las acusaban con numerosas pruebas extraídas de cámaras de seguridad, testigos, escuchas, rastros y huellas.
Se trató de Juan Carlos “Maneco” Castro de 56 años, domiciliado en Colón; Luis Sebastián “Sordo” Herrlein de 39 años, oriundo de Concepción del Uruguay y domiciliado en Colón; Rosendo Larroza de 44 años, quien vivía en la zona noroeste de nuestra ciudad; Andrea Elizabeth Amaro de 25, de Colón; Mario Ricardo González, de 49 años también de Concepción del Uruguay; y Raúl José Granton de 72 años, domiciliado en colonia El Pantanoso, cerca de Villa Elisa.
En su momento el fiscal de la causa señaló que algunos de los acusados tenían vínculos familiares o de amistad que los identificaba como integrantes de una banda delictiva con pie en, al menos, tres ciudades de nuestra provincia, lo que queda claro por su procedencia: tres de Concepción del Uruguay, dos de Colón y uno de la zona rural de Villa Elisa.
En el juicio también hubo testigos especializados que explicarán los informes de telefonía celular que ubican las líneas de los imputados con numerosas llamadas entre sí, captadas por la antena de Villa Elisa, pese a que casi todos son de Colón y Concepción del Uruguay.
Lo integrantes del tribunal popular declararon culpables a los asesinos y el vocal del Tribunal de Juicios y Apelaciones de Concepción del Uruguay, Rubén Chaia, dispuso penas de entre 15 y 21 años de prisión efectiva para los seis imputados por el homicidio de Viollaz.
La resolución se dio a conocer poco después del mediodía del 29 de diciembre de 2021 y fue corolario del juicio por jurados que se realizó en la ciudad de Colón entre el 2 y el 9 de diciembre de ese año.
Raúl José Grantón, alias “Chino” de 75 años, considerado “datero” e ideólogo del delito juzgado, murió en plena pandemia, mientras cursaba 16 años de prisión. Misma pena le correspondió a González, en tanto que a Amaro le habían correspondido 15 años. En tanto que a Larroza, Herrlein y Castro les dieron 21 años.

Perfil de la víctima
Viollaz era un ingeniero jubilado y productor ganadero en actividad. Sus últimos años los vivió en una casa de grandes dimensiones que había construido tras emprender el regreso definitivo a su Villa Elisa natal, en un amplio loteo perteneciente a su familia.
Pese a tener un buen pasar económico, vivía de manera tan austera como reservada, junto a sus dos perros (raza Caniche Toy, de color blanco). Era soltero y, si bien tenía hermanos y sobrinos, al parecer, no los frecuentaba en forma permanente. Y la distancia con sus vecinos más próximos databa de, al menos, unos 100 metros; entre ellos, Estancia “El Porvenir”, nombre del museo local.
A lo largo de una trayectoria profesional poco conocida en su ciudad, llegó a ser profesor titular en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y profesional principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (Conicet), hasta su jubilación en el año 2005. Se había recibido de Ingeniero Químico en la Universidad Nacional del Litoral y, posteriormente, de Ingeniero en Petróleo en la Facultad de Ingeniería de la UBA.
Por 37 años se desempeñó en el Departamento Industrias de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, cumplió un destacado rol en la actividad docente dentro de las áreas de Operaciones Unitarias y Procesos Químicos. Sus aportes en el estudio y modelado de la transferencia de masa y calor en el secado y las propiedades de absorción de sólidos, “contribuyeron a hacer del Departamento de Industrias un referente internacional en el área de deshidratación de alimentos”, manifestaron desde la institución al hacerse eco de su fallecimiento.
Sus colegas de Industrias llegaron a llamarlo “la biblioteca parlante” y, para muchos de ellos (investigadores, docentes y tesistas), fue un profesional de referencia y constante consulta por sus conocimientos e ideas originales, que no dudaba en compartir: “Cuando ya dábamos por irresoluble alguna dificultad en nuestro tema de investigación o en la resolución de algún problema, recurríamos a Pascual. Aunque no fuera de su temática específica, leía, investigaba, buscaba en la biblioteca y siempre proveía una solución”.
Eterno estudioso, lector empedernido y de una lucidez privilegiada para su edad, era visto casi en forma diaria en la biblioteca popular elisense y de manera asidua en las sesiones del Concejo Deliberante local, como así también aportando sus conocimientos en sucesivas instancias de participación ciudadana. En suma, un hijo dilecto, ilustre de la “Ciudad jardín”, cuyo cruel paso a la vida eterna causó la consternación general, tanto que el juicio por el hecho fue seguido por la población en general a través de internet.
Una vida más que útil inmolada por delincuentes
No asistí a este juicio, porque ya estaba jubilada, pero seguí el caso con real interés y mis agendas registraron lo acontecido (es un vicio que me quedó de mis años yendo a diario a Tribunales). Recordé haber visto a algunos de los detenidos en el banquillo de los acusados, siendo juzgados por algún delito. Recuerdo cabalmente haber visto a Rosendo Larroza en dos oportunidades en el banquillo de los acusados, de uno de los casos zafó porque demostró, de alguna manera, mediante un ticket, que ese día estaba en Corrientes con su pareja, presenciando un concierto.










