
Gustavo Idigoras, el lobbista de la Cámara Aceitera de RA (Ciara), que son los que fijan el tipo de cambio en la Argentina, aseguró que “la soja va a desaparecer y vamos al fracaso total de la industria aceitera”. Acto seguido pide “que la política tributaria que deje de castigar a la soja”. Es decir, eliminar las retenciones.
La verdad es que no se puede analizar la baja de retenciones sin ponderar el tremendo grado de concentración de la tierra y la producción. El primer ganador de esta propuesta de baja son los terratenientes rentistas. Dado que el 70% de la tierra se trabaja bajo el sistema de arrendamiento, y que dicho arrendamiento siempre se pacta en quintales de soja, los susodichos terratenientes rentistas cobrarán automáticamente un 21% más por el valor de la tierra.
El otro beneficiado es el selecto club de la concentración productiva. O sea, los pools de siembra y mega productores como MSU, Lartirigoyen, Cresud, AGD, etc.
Argentina tiene 56.991 productores de soja. Sólo 17.000 de ellos producen más del 80%. Por ende, el otro pedazo de semejante torta de dólares va a esos bolsillos ya millonarios. Semejante monetización tiene algunos destinos probables: una parte a la fuga; y la otra, a alquilar más campo. Esto significa que van a ir por la poca tierra que todavía siguen cultivando los productores genuinos, agudizando la concentración. Porque la tierra no se puede fabricar, hay la que hay: más trabaja el pool, menos el chacarero.
La ingratitud del maní
Los ex funcionarios del gobierno anterior, Julián Dominguez y Juan José Bahillo quitaron todas las retenciones a las economías regionales y eso no favoreció a los pequeños productores. Un ejemplo claro fue el del maní: este se exporta en más de un 90%, y es un cultivo ultra rentable. Massa les dio retenciones cero. Sin embargo, en las zonas maniceras, el ex candidato a presidente perdió 80 a 20 en las últimas elecciones.
“Amigarse con el campo” no es hacerse de derecha o copiar sus políticas: es tener una política propia, que responda a los intereses del pueblo; y que se apoye en los pequeños y medianos productores, que los diferencie por el tamaño de sus explotaciones; que proteja la soberanía y seguridad alimentarias, la chacra mixta; que apoye la industrialización de la ruralidad, el arraigo, etc.
A las retenciones hay que segmentarlas sí o sí. Bajar a todos por igual significa una brutal transferencia de ingresos del Estado a los más ricos. Además, es básico discriminar entre rentistas y productores genuinos. No se los puede meter a todos en la misma bolsa como si fueran iguales. Cómo se le va a cobrar la misma gabela a un chacarero de 50 hectáreas, que a un estanciero o pool de 100.000. Es un error conceptual evidente, que cometimos muchas veces y así nos fue. Quién más tiene, más debe pagar.
Las semillas y la rueda
Otro punto que plantea las patronales agropecuarias es poner fin al uso propio del productor en materia de semillas. Una verdadera afrenta a la soberanía, al sentido común, a la historia y al movimiento campesino. Un regalo dispendioso a mega empresas nacionales y extranjeras. Es como querer patentar la rueda.
Durante siglos los campesinos fueron seleccionando la mejor semilla para después volverla a sembrar. Ese proceso significó un mejoramiento natural de la genética en los cultivos. Resulta que una multinacional le agrega un gen, la patenta; y pretende cobrar un royalty, apropiándose de un trabajo que no hizo y de una inteligencia que no tuvo. Eso sí es un ataque a la propiedad privada.
Estoy de acuerdo con que se regule y controle el uso propio, que se lo segmente con el mismo sentido de equidad y justicia con el que proponemos segmentar las retenciones. Y que el Estado fiscalice la venta. Pero sacarle al chacarero la posibilidad de resiembra con su propia semilla es una imposición confiscatoria.
(*) Exdirector titular de la Federación Agraria Argentina (FAA). Coautor de “La Argentina agropecuaria: propuestas para una agricultura nacional y popular de rostro humano”.












