Por Clelia Vallejos
El 24 de abril de 2017, un joven asesinó a su vecino en barrio 68 Viviendas, ubicado en el centro-oeste de la ciudad. Esa noche se encontraba sentado en el porche de su casa, ubicada en Lorenzo Sartorio 1719, Fernando Honorio González de 23 años de edad. En eso acertó a pasar Oscar Enrique Rodríguez, alias “Corto”, de 25 años, quien le preguntó: “¿Todo bien?”. González respondió afirmativamente: “Todo bien”.
Rodríguez siguió su camino y minutos después regresó con un arma calibre 32 y le descerrajó un tiro que le dio en el pecho. La esposa de González que se encontraba dentro de la casa, escuchó el disparo y salió. Allí encontró a su marido herido manando abundante sangre y lo ayudó a entrar al living de la casa, donde se desplomó. A sus gritos llegaron algunos vecinos que llamaron a la ambulancia, pero al cuando lograron ingresarlo al hospital, comprobaron que ya había fallecido.
A todo esto, González huyó y buscó la ayuda de otro joven de apellido González y de un menor de 17 años, para sustraerse a la búsqueda policial.
Varias horas después, a las 04:00 de la mañana, un remisero receloso ante el comportamiento de tres pasajeros, dio el código de alerta a su base y cuando transitaba con sus pasajeros por el Camino por el Tránsito Pesado, a la altura de la construcción de la nueva Terminal, los interceptó la Policía. Antes de descender del auto, los tres sujetos escondieron el arma debajo del asiento del vehículo. Allí encontraron los servidores de la ley a los buscados, quienes un rato antes habían ofrecido el arma a la venta por redes sociales.
Colectadas las pruebas, fueron a juicio Oscar Enrique Rodríguez, como autor material del hecho, y Damián González de 19 años por ayudar a Rodríguez a escapar. En tanto el menor de 17 años quedó en libertad.
A Rodríguez le dieron 13 años y seis meses de prisión, en juicio abreviado. Y a Damián González, también en juicio abreviado, 8 años de prisión.
La venganza como antecedente
Las causas que motivaron el asesinato a sangre fría del joven González del hecho no me quedaron claras, hasta que en una entrevista que realicé en el barrio a raíz del sangriento episodio, me enteré de que dos años antes, más precisamente el 1 de agosto de 2015, un tío de Rodríguez, había asesinado a un familiar de González y herido a otro. En esa circunstancia Israel Jonathan Rodríguez le descerrajó un disparo a Diego Monzón de 32 años causándole la muerte, e hirió de gravedad a Alfredo González de 27 años.
Israel Rodríguez fue condenado a 8 años de prisión el 8 de octubre de 2015, en juicio abreviado.
Como Capuletos y Montescos
Al parecer las heridas provocadas por el violento hecho de dos años antes, del que habían sido protagonistas, por un lado un tío de Oscar Enrique Rodríguez y, por otro lado, un tío de Fernando Honorio González, no habían cerrado. La tensión se mantuvo latente entre ambas familias y el día en que “El Corto” Rodríguez oprimió el gatillo contra la humanidad de quien creía su contrincante, hizo eclosión llevándose otra vida: la de un vecino que disfrutaba un momento de descanso en el porche de su casa.
Un drama que, valga la brecha entre la ficción y la realidad, el ámbito social y las circunstancias, recuerda a la enemistad entre Capuletos y Montesco, sin amor, claro; sólo con mucho rencor y violencia.
MATAR A LA MADRE. Una vida transitada en la antesala del infierno
El 18 de mayo de 2014 entre las 04:00Hs y las 06:00 de la mañana, en la ciudad de San José, departamento Colón, se produjo una tragedia que terminó con la vida de una mujer. El origen del drama estuvo profundamente enraizado en las durísimas condiciones de vida que tuvo la hija de la víctima, autora del hecho.
Ese día la Policía fue alertada de lo ocurrido en la vivienda de la mujer asesinada: Silvia Mercedes Chiapetti. La fallecida se encontraba con un pañuelo amarrado al cuello y había recibido un golpe con una baldosa de 7 kilos de peso, en la región fronto- temporal del cráneo.
En el lugar se encontraba su hija Ana Mercedes Ceballos de 24 años de edad, autora del homicidio, y la hijita de esta de 5 años. La pequeña quedó a resguardo de familiares, mientras la joven era arrestada y se comenzaba la ardua e ingrata tarea de reconstruir lo sucedido.
Durante la investigación se supo que ambas mujeres vivían juntas, pero que siempre discutían y no había vestigios de una convivencia signada por el afecto.
Casi un año después, el 23 de abril de 2015, tuvo lugar el juicio y en el desarrollo de la audiencia se pudo comprender un poco el porqué de lo sucedido.
Demasiado dolor
Cuando Ana cumplió un año sus padres se separaron y comenzaron los altibajos en su existencia. A los 16 años, la vida la encontró en una whiskería como trabajadora sexual. A ese lugar entró de la mano de su propia madre, no por placer, no por gusto, no por deseo, sino por necesidad. Ya había visto lo suficiente el lado malo de la subsistencia, como para que se rindiera y pensara que era su única alternativa. Al respecto relató en la audiencia: “A los 16 años comencé a trabajar en una whiskería con mi madre y quedé embarazada”.
Durante el juicio quedó en claro que era obligada a trabajar en ese prostíbulo, incluso con un embarazo de 7 u 8 meses. Su mamá conocía la ignominia que padecía porque ella misma transitaba por lo mismo, pero tal vez esa mujer estaba embotada, encallecida por tanto sufrimiento a cuesta, por tanto consumir sustancias prohibidas y el alcohol, en un afán inútil de huir de la realidad o de anestesiar sus sentidos… De hecho, el día de su muerte se comprobó, mediante análisis de su cuerpo, que había consumido cocaína y tomado alcohol. No así Ana, que estaba consciente, ubicada perfectamente en circunstancias de tiempo, modo y lugar, y por lo tanto comprendía la criminalidad de su accionar.
Durante la audiencia, estudios realizados determinaron que la joven no padecía psicosis ni disociaciones, sí se encontró en ella una gran falta de capacidad para establecer vínculos sociales. Su desarrollo tuvo lugar en un ambiente violento donde era sometida a malos tratos, hostigamientos, abusos y también padeció el desamor de quienes debían protegerla y cuidarla.
Cuando golpeó a su madre, Ana no estaba ebria ni drogada, en efecto, pero lo hizo impulsada por el dolor, por la rebeldía amordazada durante toda su corta vida, contra la dureza de las condiciones que su propia madre le había impuesto. Ella acababa de echarla a la calle junto con su hija. Desde hacía un tiempo insistía en que la joven cambiara a su hijita por una casa, un pedido perturbador viniendo de una abuela, al que Ana se negaba con palmaria firmeza. Tal vez fue imaginar un destino de la pequeña tan tremendo como el suyo lo que la llevó a levantar la mano contra su progenitora.
En resumen, luego de escucharlas alegaciones de la Acusación y la Defensa, el tribunal dispuso que Ana debía cumplir 15 años de condena. Se tuvieron en cuenta los atenuantes, su juventud y el hecho de que era madre de una niña de corta edad.
Un lugar agradable bajo el sol
Tras el juicio, la joven expresó su deseo de estudiar mientras cumpliera su condena. Era su anhelo terminar el secundario. Ojalá lo haya logrado. Ojalá que haya aprendido a perdonar y perdonarse y que algún día entienda que la vida no es solo un doloroso muro contra el que nos estrellamos a diario, sino que también puede ser un lugar agradable bajo el Sol.











