
Marcelo Alejandro Sgalia. – Jefe de Redacción
Para ser feliz alcanza con una pelota. El fútbol es una historia de heroísmos y fracasos, que es inevitablemente comparado con lo que nos pasa.
Para jugar un picado un tipo de camisa larga y jean contra dos Messi de botines parece demasiado de antemano. Más aún, en el medio de la nada. A estos lugares no llega la tele; no hay reporteros gráficos, ni radios y los celulares no existen. Sólo un par de fotos para poder ilustrarlo, viéndolo como único testigo del otro arco, jugando a ser como Héctor Bandarelli, aquel relator deportivo de Flores con el que nos maravilló Alejandro Dolina en su cuento “Relatores”. Bandarelli se pasó su vida imaginando partidos y relatándolos; “perdiéndose goles cantados, incluso por él mismo”, decía Dolina. ¿Qué hubiera dicho el majestuoso Bandarelli de este partido que no le importa a casi nadie, entre un tipo de camisa y jean contra dos que cargan el apellido Messi en sus espaldas y están listos para gritar goles y ganar? A ver Bandarelli, ilústrenos.
De un lateral, un brazo del Paraná; al otro, la Autovía 14 y el Puente Bartolomé Mitre. En el medio, una quinta donde más de un centenar de personas pelean para volver a la vida cada vez que amanece, luchando contra las adicciones, en su mayoría el consumo de drogas. Muchas de ellas de Concepción del Uruguay, entre los que hay futbolistas que han vestido hasta no hace tanto diversas camisetas de equipos uruguayenses. Así como también un joven jugador de básquetbol de Paraná, que está a algunos meses de cumplir su tratamiento y ya sueña con volver a picar la naranja en la otra Costa.
Muchos no llegan a estas quintas de recuperación, otros sí pero no aguantan y varios se recuperan, llegando a los 24 meses. Todos han jugado más allá del límite y cargan partidos pesados. Se cuentan sus historias, las desnudan. Sienten que al compartirlas duele un poquito menos. Estos tipos saben lo que es jugar en pisos fuleros como estos que tan bien narraría el maravilloso e inolvidable Héctor Bandarelli.
Los dos Messi preparan sus goles, han llegado por primera vez a este lugar. El tipo de camisa larga, arremangada, roja, fiel a los colores de su querido Independiente no ha dejado de ser un gurí ni un instante. Basta recibir sus golosinas para empezar a repartirlas. Basta abrir los tapers de comida para estirar la invitación, aunque sea él el que se quede sin comer. Va rumbo a los 6 de 24 meses; ya le dicen cariñosamente “el viejo”; es que la mayoría son pibes. “Ese viejo”, que muy pocas veces se cocinó un milanesa, ahora es el encargado de la cocina para servir el desayuno, almuerzo, merienda y cena a todas esas historias que se mezclan en un comedor. El tipo de camisa que asoma en la cancha, gambeteando el sol, con una pelota naranja bajo el brazo, es una historia más de tantas en este lugar. Y un ejemplo, tan solo uno, que se puede volver a la vida luego de años de consumo. Pero hay que aprender poniendo el cuerpo y secándose las lágrimas.
Bandarelli cuenta por la radio que no los para ni el calor del mediodía de un domingo de enero. No hubo tiempo de preguntas, ni para cambiarse porque el fútbol es el fútbol; entiende y juega, no juzga, no pregunta, iguala, da felicidad, escucha y abraza. Y acá se necesita eso. Y basta una pelota, un poco desinflada, un pedazo de tierra y dos palos sin travesaño. Bandarelli se luce todavía más al gritarle los goles al viento.
El tipo de camisa de manga larga y jean pone el cuerpo y se levanta. Sabe lo que es perder, como varios acá adentro. Perdió casi todo; inclusive casi la vida, esa que decía que para él ya no tenía sentido. Y ahí está, grita Bandarelli, el tipo de camisa va al arco para atajarle a los dos Messi. El fútbol, ese espejo de la vida. Así vivió décadas: atajando contra dos Messi. Iban todas adentro. Pero hay que ir a buscarla, lejos, entre la mugre. Contra los ruidos de los camiones que te pasan por encima o el agua que crece y los inunda. Hay que sacar del medio las veces que sea necesario. El tipo de camisa no perdió su magia, sus mañas, sus enganches, el amor por el juego. Encara a los dos Messi, como si los años no hubieran pasado. Le quedan goles en la cartuchera. “El que hace el último gana”, sostiene con énfasis Bandarelli.
El tipo de camisa avanza con el sueño de poder vivir de otra manera, aunque tenga que empezar casi a los 50 y haya ido siempre a buscarla al fondo de la red. La lleva atada al pie. El Director “le canta” la fecha para la primera salida, luego de los 6 meses en su internación. Esas que esperan todos, tachando día por día, pensando en cada semana. La quinta se vuelve goles, como todos los domingos que alguien arriba a los 6 meses y tiene sus tres días de salida permitida con un coordinador. Luego habrá que esperar hasta el mes 19 para volver a los pagos. La tribuna canta “Olé, Olé, Olé, Olé… Viejo, Viejo…”. Bandarelli tiene un nudo en la garganta porque hay goles que es mejor llorarlos y abrazarlos simplemente. Los Messi miran a su tío. El tipo de camisa llora como un nene abrazado a su mamá. Quizás por la cabeza recuerde en ese abrazo de gol interminable que hace casi 6 meses intentó quitarse lo único que tenía. Ahora, como esos cientos de pibes siente que la vida le dio una revancha; entonces anda sacando del medio, aprende, escucha, conversa, devuelve las paredes, sonríe con una pelota, anda otra vez gambeteando y él, como todos y todas entre otras quintas parecidas, sabe que la pelea al final tendrá más goles que serán abrazados. El desafío en el camino es aprender a jugar y no dejar nunca de buscar una revancha, aunque hayas perdido casi siempre. Nunca hay que dejar de sacar del medio.









