Por Marcelo Sgalia
El viento de ese domingo de octubre en Buenos Aires soplaba goles. Florecía la primavera del 2018. Claro que esos gritos de gol perpetuados en el viento eran parecidos pero tan distintos de aquellos que había empujado unas 40 primaveras atrás. Son apenas unas quince cuadras las que separan el estadio Monumental de River de la ex ESMA. El viento encontró la manera de llevar esos goles hasta las salas de tortura o la pieza de las embarazadas donde la Junta Militar robaba bebés ni bien nacían. Podía empujar los gritos de gol de la multitud y meterlos por las mismísimas ventanas de la muerte. Fue el viento el que aprovechó su invisibilidad para sortear el secuestro y hacer viajar los goles hasta esa oscuridad. Porque cada gol es el mejor compañero de un abrazo. Hasta el gol más tonto es inmediatamente abrazado. El viento comprendió que volar esa alegría esas quince cuadras, trasladar esa expresión maravillosa de la vida hasta donde la muerte abría la puerta era una esperanza que el viento se iba a encargar de soplar y guardar en la memoria de todos los vientos, cuando los que soplaran fueran vientos de cambio. Los goles son el momento exacto donde se funden la belleza del juego colectivo dentro de un campo de juego y la felicidad de tanta gente afuera. El viento comprendió que viajar por el viento los goles de Kempes o Bertoni, soplar en sus aires las guapeadas de Luque, estirar el delirio por las atajadas del Pato Fillol, perpetuar por los cielos los cruces de Passarella y empujar el humo que salían de los cigarrillos del Flaco Menotti, eran la mejor manera, quizás la única, de llevar algo de vida a uno de los lugares más siniestros de la historia argentina.
El viento, de los soles tristes de aquellos días y las lunas dolorosas de aquellas noches, empujó a las Abuelas y las Madres hacia el camino de la memoria. En las rondas, en cada paso, en cada huella, en cada pedido de justicia, en cada gol, en cada lágrima y en cada abrazo.
El principal Centro Clandestino de Detención y Exterminio de la Dictadura, por donde se estima pasaron unas 5.000 personas que fueron secuestradas, torturadas, desaparecidas y muchas de ellas arrojadas desde aviones vivas al mar. Donde nacieron en cautiverio unos 30 bebés, muchos y muchas con su identidad recuperada y otros que se los sigue buscando. Ese lugar, que fue elegido hace unos días por la Unesco como Patrimonio Histórico de la Humanidad, eriza la piel, anuda la garganta, nubla los ojos y golpeá el corazón cuando los goles se callan. El viento les llevó vida a aquellos que solo tenían gritos de dolor, se filtró por cada pared y se sostuvo en cada foto en blanco y negro de esos 30.000. Hoy, por mujeres como Vera Jarach, entre afortunadamente tantas otras, que a sus 95 años llegará el jueves por primera vez a Concepción del Uruguay, aquellos secuestrados gritos de gol siguen corriendo en el viento por todo el predio, convertidos en pedidos de justicia y abrazados por la memoria. Desde los ojos cerrados de Jorge Julio López a los tan abiertos de Santiago Maldonado. Desde el sol que se mete entre los árboles para alumbrar a Rodolfo Walsh. Desde la Carta Abierta a la Junta Militar que se levanta majestuosamente en ese patio mientras los rayos de luz de otra primavera la hacen más histórica y necesaria de lo que es. Desde ese tremendo pañuelo blanco que se inauguró para recuperar un lugar que hoy respira memoria, que ya no encierra goles y que con belleza le jugó y le ganó al espanto. Este viento acaricia hoy ese Museo de Malvinas. Y visita las paredes de la Capuchita, el altillo de la ex ESMA, donde el amor de Hernán y Mónica compartieron cautiverio y cuatro décadas después las paredes mostraron los mensajes, quizás escritos entre aquellos goles mundialistas. El amor es más fuerte, siempre. Aunque esté escondido debajo de un par de capas de pintura en medio del horror más siniestro. Quizás, el viento que viajó aquellos goles también le sirvieron a Víctor Basterra para ir tomando fotografías mientras estuvo detenido y que fueron fundamentales. Esos vientos acompañaron a Patricia Marcuzzo, detenida y desaparecida en la ex ESMA, para escribirle una carta a su madre y así presentarle a su nieto Sebastián.
El mayor genocidio argentino y el único título mundial de fútbol con la Selección como local, separadas por unas cuadras y unidos por el viento. Para muchos y muchas de los miles que estuvieron secuestrados y fueron torturados allí, los ecos de un gol seguramente fueron el último abrazo que no pudieron dar. Pero al menos lo imaginaron cuando el viento se los llevó. En éstos tiempos donde lo que el viento también empuja desde la miseria de ciertos medios y el poder judicial es el odio que sembraron para tratar de imponernos a nefastas fórmulas presidenciales que vienen a escarbar aquellas heridas para discutir cosas que a esta altura ya son indiscutibles, es altamente necesario y recomendable meterse en los archivos que construyó esa memoria para que el viento no tenga Nunca Más que soplarle los goles a la muerte.










