Antes que sea tarde… el horror golpeando a nuestra puerta

“La idea de elegir al menos malo no resulta atractiva”.

Por el profesor Gustavo Sirota

En mayo de 2022 escribía algunas líneas intentando entender el horizonte que se avecinaba de cara al recambio electoral de 2023… la realidad ha superado aquel escéptico pronóstico, y amenaza seguir pulverizando mis simples elucubraciones de ciudadano – no neutral – preocupado por lo que acontece en su derredor.
Por ello es que me parece valedero volver a algunas de aquellas disquisiciones para pensar el presente y sobre todo imaginar algún futuro posible, al menos intentarlo, entre quienes seguimos alimentando el sueño de sociedades más igualitarias, inclusivas, donde todos/as puedan soñar un mañana con dignidad, derechos y libertades.
Como la mayoría de mis conciudadanos/as descreo y siento nada de empatía frente a quienes siguen impulsando propuestas e ideas que son parte del pasado. Identidades, ideologías, “soluciones” del siglo XX – incluso XIX – no pueden resolver problemas y complejidades del siglo XXI. Los mismos nombres de siempre que insisten con las mismas recetas que no han dado resultado.
La sola idea de tener que elegir al menos malo, de tener que optar entre el fracaso – del pasado reciente y del presente – y el horror del futuro no resulta atractivo para una sociedad que busca espantada soluciones que pareciera nadie tiene. Indignados, cansados, sin rumbo, la mayor parte de los argentinos/as descree de sus dirigentes, de sus representantes e incluso, lo más dramático, de las propias instituciones en las cuales no confía en absoluto.
Esto pasa especialmente entre los jóvenes que no vislumbran esperanza alguna y solo cargan frustración, enojo y desánimo. Para algunos la salida está en Ezeiza. Para la mayoría no hay salida alguna, solo más pobreza, más exclusión. Olvidados, ninguneados, expulsados a los límites del sistema, buscan desesperados alguna mano salvadora, alguna solución mágica, rápida, urgente.
Para completar el cuadro, lo que aparece como “nuevo”, resulta ser solo “vino viejo en odre nuevo”. Más de lo peor que hemos vivido, recargado, brutal y violento. A los gritos, atizando emociones y con el solo argumento de terminar “con todo lo malo que ha fracasado y conocemos”, ganan voluntades y venden – nunca mejor graficada la expresión – la ilusión de un mañana venturoso que espera a la vuelta de la esquina.
Los grises del presente desnudan la frustración, el desánimo y la incertidumbre de una sociedad que tras casi 40 años de institucionalidad democrática se tambalea agónica, con la mitad de su población en situación de pobreza, soportando estoicamente – una vez más – tarifazos, inflación y el agobio por un mañana que imagina aún peor.
Lejos quedaron las promesas ochentosas que “con la democracia se come, se cura y se educa”. También el axioma con el que arrancamos el siglo XXI, aquel de “la patria es el otro”, es un lejano recuerdo. En tanto deambulamos a tientas en una “república” bastardeada, casi a punto de estallar.
Millones de compatriotas son empujados a la pobreza y la desesperanza mientras se impone, feroz, el individualismo más salvaje. El conjunto de la sociedad no atisba donde hacer pie para no seguir en caída libre a un abismo, que conocemos, pero parecemos no querer recordar.
Seguramente lo que nos debemos como país sea imposible ya de lograr. Dejar por un tiempo intereses de facciones o de grupo y pensar un proyecto viable y posible para nuestros hijos y para quienes en el siglo XXI quieran habitar este suelo.
Las fuerzas democráticas, los sectores que a lo largo de las últimas cuatro décadas han llevado adelante, con tropiezos y con errores, una larga pelea por ampliar derechos, sumar libertades y reparar violaciones a los derechos humanos, deben necesaria y urgentemente confluir en una agenda común.
Es saludable y debe darse el libre juego de ideas, de proyectos – incluso antagónicos – de fuerzas políticas y sectoriales diversas. Sin imponer miradas excluyentes ni posturas dogmáticas – prejuiciosa muchas veces -, pero dando un debate honesto, plural y que sirva para proyectar el país que queremos, que soñamos, que nos merecemos. Debemos, es urgente, ser capaces de sumar voluntades en la diversidad para salir del atolladero en el cual nos encontramos.
Claro que antes no debe desatenderse el 2023, el hoy. Inflación, precios por las nubes, salarios que cada vez alcanzan menos, millones de excluidos, millones más cayendo en la pobreza. El rumor de saqueos repiqueteando en las redes y en los medios. Una corrupción estructural, endémica. La “clase” dirigente alejada de los problemas cotidianos, solo enfrascada en disputas palaciegas. Una deuda que agobia y condiciona cualquier proyecto superador.
Todo configura un fenomenal caldo de cultivo de malhumor social que amenaza convertirse en incontenible tempestad de consecuencias inusitadas. No se puede tapar el sol con la mano. Aunque los números de la macroeconomía cierren; la diaria, la de los bolsillos y la heladera va mal, muy mal.
Seguramente sea tarde ya. Aquellos sueños del 83 van dejando lugar a una nueva pesadilla. Tristemente debemos reconocer que el balance de 40 años de democracia deja un sabor agridulce. Como canta el juglar “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.
Lo que es peor, triunfará el “sin-sentido común” formateado por décadas de batalla cultural sin tregua de los poderes hegemónicos.
La disputa de fondo sigue siendo entre lo viejo que se resiste a morir y lo nuevo que no alcanza a nacer…. Pero no nos hagamos los distraídos cuando el horror está golpeando la puerta…