Yo digo… Evita y el humanismo

Por Juan José Giani (*)

Desde hace ya algunas décadas, la filosofía viene describiendo la denominada “crisis del humanismo”. Bajo ese caparazón conceptual se alojan dos derivaciones analíticas. La primera destaca hasta qué punto el señorío del hombre por sobre la naturaleza y su pretensión de controlarla nos colocó al borde de la hecatombe. Y la segunda, puntualiza la cadena de determinaciones que convierten a la libertad de conciencia en poco más que una mera ficción.
Al colocarse en el centro el sujeto pretende reinar a partir de un conjunto de técnicas que finalmente lo niegan; y a su vez esa centralidad es un autoengaño, pues cada persona está aprisionada por su historia familiar, su condición de clase o un determinado sistema lingüístico. La noción de libertad deviene por tanto paradójica. O es una facultad que termina lesionando al que la ejerce o es una simple impostura.
Las consecuencias políticas de estas aseveraciones son entre inquietantes y deprimentes, pues nos colocan al borde de la inacción o de alguna tonalidad del nihilismo. O quedamos contaminados por las tecnologías que la propia humanidad desarrolla.
Desde el punto de vista de la filosofía política, la apelación al humanismo tiene un riesgo y una potencialidad. El riesgo es que su invocación conlleva latente algún rostro del imperialismo, y su potencialidad es el impulso igualador que habilita. “Los valores de la humanidad” que se promocionan aparecen asociados con la insidiosa soberbia cultural del Occidente moderno, pero a su vez el ser todos parte de una moralidad homogénea dinamita cualquier riesgo de privilegio y falsa supremacía.



Horizonte catastrófico
Pues bien, siempre es importante recordar que la relación entre el peronismo y la filosofía es muy estrecha. Eso es claro por supuesto en Perón cuando organiza el Congreso de Mendoza en 1949 y presenta allí su célebre texto “La Comunidad Organizada”, pero también en Evita que en su “Historia del peronismo” llega a afirmar que los filósofos y los conductores son los grandes protagonistas de la historia de la humanidad.
De la Doctrina Justicialista se pueden comentar una larga serie de cosas, pero nos centraremos en dos categorías que circulan asiduamente. Se la presenta como humanista y cristiana. Evita así lo indica todo el tiempo, lo que no puede interpretarse como una mera discursividad de tribuna. Marca por cierto un drástico camino ético, existencial, ocupa una perspectiva trascendente para un movimiento que nunca se pensó sólo como un programa de gobierno.
El género humano estaba efectivamente al borde de la autodestrucción luego de concluida la segunda gran guerra, y ni el capitalismo liberal ni el comunismo soviético estaban en condiciones de rescatarlo de tan catastrófico horizonte.
La radicalidad del mensaje y de la acción de Evita apuntan a instaurar en la Argentina un equilibrio humanista que estaba siendo ostensiblemente violado, en un país culturalmente racista, económicamente dependiente y socialmente excluyente. Su peronismo es enfáticamente plebeyo y desafiante de cualquier forma de predominio jerárquico (del rico respecto del pobre, del hombre respecto de la mujer, del blanco respecto del cabecita negra); grito de rebeldía frente a la normalidad patológica de una nación que el 17 de octubre de 1945 dejó ver con irreverente estrépito la voz de una injusticia soterrada.

Anacronismo virtuoso
A su vez, su rotundo cristianismo va en esa dirección. Alimentada por esa sentencia tendencialmente disruptiva que sostiene “que el hombre ha sido creado a la imagen y semejanza de Dios”, Evita liga ese mensaje que viene desde la creencia con un humanismo que abastece la lucha política y donde cada desigualdad es en algún punto herética.
Es un cristianismo primitivo, con el oído en los más humildes, desligado de las burocracias litúrgicas y de cualquier compromiso de las Iglesias con las clases dominantes. Un cristianismo sin cristiandad, si entendemos por esta última la utilización malversada e institucionalmente regresiva de la vitalidad religiosa del mundo popular.
Un humanismo además nítidamente antimperialista, quitándole por tanto al Occidente arrogante y liberal la pretensión de indicarle a los pueblos de América Latina y del Tercer Mundo cual es el sendero aceptable para construir un destino más próspero.
Momento entonces para reivindicar el virtuoso anacronismo de la figura de Evita. Frente al desánimo que produce una sociedad persistentemente inequitativa, su optimismo militante. Frente a la resignación ideológica de dirigentes que la invocan sin realmente escucharla, su fogosidad doctrinaria. Frente a la crisis del humanismo su fervor igualitarista contra cualquier atisbo de prepotencia imperial o soberbias del dinero.

(*) Filósofo, profesor de la Facultad de Humanidad y Arte de la Universidad de Rosario.