Esther Vivas
El machismo, más o menos sutil, está siempre allí, y comienza a edades tempranas, incluso antes de nacer, cuando lo primero que te preguntan cuando estás embarazada es si esperas un niño o una niña. En función de la respuesta, se asocia toda una serie de expectativas a aquella personita, se le regalan ciertos juguetes o se le compra determinada ropa. De hecho, la mayoría de tiendas y shoppings clasifican las prendas de vestir de los chicos, incluso la de los bebés, en función de su sexo, con un omnipresente azul para los varones y rosa para las niñas. La imposición de ciertos roles de género dependiendo del sexo no hace sino comenzar a partir de ahí. A las niñas se las considera preocupadas por su imagen y forma de vestir. Los juguetes adecuados para ellas, según muchos catálogos, son las cocinitas, los utensilios de limpieza, los tocadores de belleza, el kit de peluquería o las muñecas a menudo vestidas de rosa y con un cuerpo perfectamente normativo. Y no hablo sólo de la omnipresente Barbie de estos días. Está lleno de este tipo de muñecas. A los niños, en cambio, se les ofrecen juegos de autos, piratas, astronautas, policías o bomberos. Desde chiquitos se nos educa en las funciones sociales que el sistema patriarcal nos asigna dependiendo de nuestro sexo, y se nos encorseta en un sistema de identidades binario. Claro que algo ha cambiado, y hoy podemos ver también a alguna niña vestida de bombero o un varón jugando a cocinar con sus cacharros recién recibidos por el Día del Niño. Sin embargo, esta no es la norma. Afortunadamente, más madres y padres se rebelan contra esta imposición. Ahora que Barbie se ha puesto de moda y aparecen señoras ya bastante entradas en años de flequillo rubio y vestidas de rosa furioso a toda hora en la televisión, bien vale reflexionar sobre estos temas. El problema no es el juguete, sino el carácter que se le da. Esto hace que ciertos juegos y juguetes sean utilizados como instrumentos para promover y consolidar las desigualdades de género y el sexismo, así como actitudes violentas, competitivas e individualistas, en consonancia con los valores sociales que algunos quieren hegemónicos. Ser conscientes de este hecho es el primer paso para cambiarlo. Aunque no siempre es fácil ir a contracorriente, o nos cueste reconocer que todavía nos gustan algunas muñecas.










