Por Luis B. García
Hemos dominado el mundo mediante las maquinarias; estamos a punto de ser dominados por ellas. Hasta ahora presenciamos la intervención casi total de la tecnología sobre el mundo exterior. Hoy nos toca vivir la creciente injerencia de la técnica en nuestros propios organismos y mentes.
Para comenzar, el embrión podría ser optimizado mediante técnicas eugenésicas de edición de genes que descartaran enfermedades hereditarias, implantaran rasgos positivos y retrasaran el reloj biológico que limita la longevidad.
Células madres podrían reparar nuestros órganos averiados; prótesis tecnológicas suplantarlos o repotenciarlos, clones en animación suspendida proveer trasplantes sin rechazo inmunológico.
Nadie descalifique como inverosímiles las posibilidades mencionadas. Hace poco más de 100 años se juzgaba imposible que volaran máquinas más pesadas que el aire; ahora las lanzamos fuera de los confines de nuestro sistema solar.
Si es asombrosa la posibilidad de modificación interna del organismo, no menos desestabilizantes resultan sus potenciales integraciones a sistemas externos.
Transhumanismo
Mecanismos evaluadores podrían examinar en tiempo real cada uno de nuestros pensamientos y actos para proponer o imponer opciones estadísticamente más eficaces.
Terminales en el sistema nervioso permitirían asimilarnos a mecanismos informáticos que ampliarían nuestra memoria, conocimientos y capacidad de razonamiento integrados a mecanismos exteriores tales como supercomputadoras, nubes de memoria, mega bases de datos, redes informativas manejables con el mero pensamiento.
Nuestras remembranzas y conciencias podrían perdurar en cuerpos eternamente jóvenes o ser traspasadas a soportes artificiales que las preservaran después de nuestra desaparición física.
La inevitabilidad y deseabilidad de tales innovaciones es postulada en la doctrina del Transhumanismo, a la cual uno de sus autores, el filósofo inglés Max More, diferencia en 1990 del humanismo “al reconocer y anticipar las radicales alteraciones en la naturaleza y posibilidades de nuestras vidas que resultan de diversas ciencias y tecnologías”.
Si la mera enunciación de algunas de las posibilidades de repotenciar nuestros organismos y aptitudes mediante la tecnología es asombrosa, mucho más lo es la ausencia de examen sobre las consecuencias éticas, legales, políticas y sociales de ellas.
En el capitalismo actual la satisfacción de necesidades vitales como el alimento, la educación, la vivienda, la salud está en gran parte reservada para quien pueda costearlas.
Si en el mundo actual 10% de la población posee el 80% de la propiedad, ¿cómo será un mundo donde 10% sea propietario del 80% del conocimiento?
Ondas cerebrales
Si la rápida innovación y obsolescencia de los productos es característica del sistema capitalista ¿no sería la vida angustiosa carrera por desechar implantes postdatados y sustituirlos por versiones actualizadas? Todo mecanismo para informarnos concluye informando sobre nosotros ¿Qué evitaría que cada sistema implantado para suministrarnos datos concluyera informando integralmente a oligarquías o gobiernos sobre todas y cada una de nuestras palabras, pensamientos y obras? Todo dispositivo para transmitir nuestras órdenes termina ordenándonos ¿Qué impediría que los canales para dirigir a las máquinas a su vez nos dirijan? El hombre más listo En el “Manifiesto Metabolista” de 1960, Noburo Kawazoe predice que todos tendrán en su oreja un “receptor de ondas cerebrales” que transmitirá “directa y exactamente lo que los otros piensan de él y viceversa”. ¿Habrá un pensamiento individual, si tal receptor de ondas cerebrales nos transmite simultáneamente las de toda la humanidad?
¿Existirá una opción? Aldous Huxley imaginó en 1932 una sociedad futura que paralizaría el avance científico por desastabilizador. ¿Será posible pactar un freno al desarrollo tecnocientífico sin que potencias o consorcios lo violen, como ocurre con la carrera armamentista? ¿Se podría siquiera imaginar la destecnologización de la humanidad, sin provocar una catástrofe inimaginable?
Una humilde chispa
Estamos por sobrepasar lo que el criptólogo inglés L.J. Good llamó en 1965 “la singularidad tecnológica”: “una máquina ultrainteligente que pueda superar todas las actividades intelectuales del hombre más listo”, la cual “podría diseñar máquinas incluso mejores”, liberando una “explosión de la inteligencia” que superaría la humana, por lo cual dicha máquina sería la última invención que ésta requeriría hacer.
A partir de allí, ¿de qué le serviríamos a las máquinas?
¿Estará en la naturaleza del hombre renunciar al uso de la Razón que lo eleva por encima de animales y beatos, para moderar, disciplinar o vetar aquello mismo que lo constituye?
¿Quién terminará dominando en la simbiosis entre nuestros organismos, que necesitan millones de años para evolucionar por mutación, ensayo y error, y las máquinas, que vertiginosamente cambian y se reprograman con propósitos predeterminados?
Iniciamos esta carrera el momento en que un antropoide arrancó la primera chispa de un pedernal. Pensemos en las consecuencias, antes de que la chispa nos consuma.