Hojas sueltas… Sin pedir permiso

Sergio A. Rossi

Desde hace algún tiempo no puedo dejar de recordar los de mediados del año 2021, de discusiones y decisiones en torno a las internas partidarias. Dijimos entonces que nuestros candidatos no hubiesen colaborado para quitar fueros al compañero Julio De Vido, ni habilitado el endeudamiento de Mauricio Macri. Que cuando hubiera que respaldar a Cristina Fernández de Kirchner, como ya había sucedido en la 125 y cada vez, seríamos de los que hablaríamos en su favor y la sostendríamos en la calle; y que nos permitíamos dudar si sería el caso de nuestros adversarios internos. Que no estaba bien llevar el peronismo a descomprometerse del destino nacional del Movimiento, emulando cordobesismos. Me lo recuerdan los silencios y las voces frente al atentado, frente a la proscripción, y frente a la obscena connivencia de jueces, fiscales, empresarios y periodistas para perseguir peronistas y proteger gorilas, planificando en viajes prebendarios en estancias apropiadas por magnates absueltos por esos mismos jueces. Me lo recuerdan los nuevos anuncios de bochornosas importaciones de famosos de TV sin compromiso, ni trayectoria, ni capacidad. CFK ha sido sobreseída hace menos de un mes en otra de las tantas causas impulsadas a designio por denunciadores y periodistas, jueces y fiscales. Es inocente, sí, pero los años de calumnias no se borrarán de la memoria y del ánimo social. El daño político a la vicepresidenta y a todo el peronismo dejará en el subconsciente popular una herida, que fue concebida y ejecutada, con frialdad y con cinismo, por esa oposición política al servicio oligárquico. Es una trama dirigida por la mano imperial, que derrama el mismo accionar sobre todo el continente. Tampoco es nuevo. Lo hicieron contra Yrigoyen y lo hicieron contra Frondizi, pero sobre todo lo hicieron contra Perón y los peronistas. Los grandes vendepatrias se escandalizan de las sisas de la cocinera, decía Jauretche. Hay que estar alertas contra su accionar eterno, despabilar azonzados, avivar giles, y -sobre todo- no creerles nunca y no desanimarse jamás. Lo recuerdo cuando grita el silencio de quienes tendrían que hablar ante los desmanes de la Corte Supremacista que quita recursos, se arroga facultades del Ejecutivo y degrada las instituciones republicanas. Y cuando la escucho diciendo que no pidamos permiso, y tomemos decisiones con el famoso bastón del mariscal que todos llevamos en la mochila. No pedimos permiso entonces, ni hay que pedirlo ahora.