París ha vuelto a imponer viejas normativas que prohíben los edificios de más de 37 metros.
Después de un coqueteo con los desarrolladores inmobiliarios, que ha dado lugar a dos o tres proyectos polémicos repartidos en la periferia de su centro, la capital de Francia volvió a imponer la semana pasada viejas reglas que prohíben los edificios de altura. Para los parisinos, la experiencia ha demostrado que las zonas creadas a los pies de los modernos rascacielos no son evidencia convincente de que enriquezcan las ciudades social, espacial o culturalmente. Los edificios altos requieren más acero y hormigón por metro cuadrado que los más bajos y necesitan ascensores y aire acondicionado. En teoría, pueden crear densidades de población que sustentan el transporte público, aunque en la práctica sus residentes usan más sus autos. París quiere ser ambientalmente sustentable. Y más atractiva para peatones y ciclistas.