Por Víctor Manuel Toledo (*)
En las últimas décadas una ciencia crítica nos ha develado mediante análisis rigurosos y bien fundamentados los grandes problemas que enfrenta la humanidad, y que los poderes dominantes habían logrado ocultar mediante propaganda. Entre los más notables están las emergencias ambientales y climáticas, la enorme desigualdad social, el papel de los bancos ocultos que dominan el mundo financiero, y las biografías detalladas de los más ricos del planeta. Ahora toca su turno a otra realidad de la que poco se habla y menos se discute y analiza: la justicia agraria.
Distribución de la tierra
¿Cómo está distribuida la tierra en el planeta? Para responder esta pregunta era necesario contar con información censal de cada país, y eso fue lo que inició la FAO desde 1930, realizando cada 10 años el World Census of Agriculture (Censo Mundial sobre Agricultura).
El proyecto fue ambicioso y titánico por la gran cantidad de datos que integra. Tuvimos que esperar la llegada de las computadoras y de programas capaces de manejar millones de datos, para lograr análisis profundos y confiables. Hoy, contamos ya con un panorama bastante aproximado de la realidad rural producto del trabajo laborioso de equipos de investigadores. Para comenzar hoy sabemos que existen en el mundo entre 570 millones de unidades agrarias (farms o holdings), dato para 2016 en 167 países, y 608 millones cifra reportada en 2021 para 179 países (ver: https://www.sciencedirect.com/science/ article/pii/S0305750X2100067X).
Estas cifras se distribuyen de la siguiente forma: China (34%), India (24%) Asia del Este (15%), África Subsahariana (12%), Europa y Asia Central (6%), América Latina (4%), Oriente Medio (3%). Sólo los dos gigantes (China e India) suman casi el 60 % de los productores agrarios del mundo.
El punto clave es cómo está distribuida la tierra. Los censos de la FAO logran registrar cinco categorías en cuanto al tamaño de las parcelas agrícolas. Las que tienen una hectárea o menos que representan 72%, las de entre una y dos hectáreas (12%), las de entre dos y cinco hectáreas (10%), las de entre cinco y 10 hectáreas (3%), y las de más de 10 hectáreas (3%). Pues bien, el panorama existente: 84% con dos hectáreas o menos poseen solamente 12% de las tierras agrícolas y en contraposición el 1% con propiedades gigantescas detentan 70%. ¡La injusticia agraria alcanza brutal expresión!
Sinónimo de injusticia
Este patrón de desigualdad agraria se incrementa en los países desarrollados y decrece en los países en vías de desarrollo, confirmando que el progreso proclamado es sinónimo de injusticia.
En lo agrario la desigualdad es aún peor que en la distribución de la riqueza económica, donde 12% posee 855 (Pirámide global 2020, del Credite Suisse). Ello se debe al enorme poder de los latifundistas que imponen sus intereses en las políticas públicas y en las leyes. Esto ha sido especialmente notable en Argentina, Brasil, Colombia y Paraguay).
Si la agroecología busca transformar los destructivos sistemas agroindustriales (que son inherentes a las grandes propiedades) y potenciar la de los sistemas tradicionales (cuyo rasgo principal es la pequeña escala), es decir, si pretende la justicia social y ambiental, debe considerar el tema agrario. La agroecología debe enarbolar como otra de sus metas centrales la justicia agraria. De la misma forma debe potenciar la investigación sobre la productividad y su relación con el tamaño de las parcelas y echar abajo el mito de que son más productivas las grandes propiedades.
La catástrofe biológica
Diversos estudios están demostrando la superioridad de la etnoagricultura (campesina e indígena), por sobre la agricultura industrial. Mientras la primera busca optimizar la eficacia energética mediante la diversidad biológica y genética, lo que le da una enorme resiliencia ante eventos impredecibles, la segunda está dirigida a lograr máximos rendimientos y más ganancias (agronegocios) que la hace muy vulnerable ante los siniestros. El resultado es que mientras el modelo agroindustrial obtiene 2,5 kilocalorías de alimentos por una kilocaloría invertida, un pequeño productor obtiene ¡40 kilocalorías! El ejemplo más dramático y perverso de esta contradicción es el de la soja y el maíz transgénicos (y ahora trigo en Argentina), que ha provocado la mayor catástrofe biológica del planeta: ¡80 millones de hectáreas de monocultivos!, con glifosato que envenenan los campos, donde ha desaparecido todo rastro de biodiversidad. Es necesario poner el tema de los alimentos en el centro del debate y de la opinión pública. El etiquetado frontal que han adoptado casi todos los países de América Latina es un primer paso.
(*) Biólogo.










