Joseph E. Stiglitz (*)
La corrida por los depósitos del Silicon Valley Bank (SVB) –del cual depende casi la mitad de todas las startups tecnológicas respaldadas por capital de riesgo en Estados Unidos– es, en parte, la repetición de una historia familiar, pero es mucho más que eso. Una vez más, la política económica y la regulación financiera han demostrado ser inadecuadas.
La noticia sobre la segunda quiebra bancaria más importante en la historia de Estados Unidos se produjo a pocos días de que el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, asegurara al Congreso que la condición financiera de los bancos de Estados Unidos era sólida. Pero el timing no debería sorprender. Dados los incrementos importantes y acelerados de las tasas de interés que pergeñó Powell –probablemente, los más significativos desde las alzas de las tasas de interés del ex presidente de la Fed, Paul Volcker, hace 40 años–, era previsible que los movimientos drásticos de los precios de los activos financieros iban a generar problemas en alguna parte del sistema financiero.
Los emprendedores de startups de Silicon Valley, muchas veces jóvenes, pensaban que el gobierno estaba haciendo su trabajo, así que se centraron en la innovación, y no en controlar a diario el balance de su banco –cosa que, de todos modos, nunca podrían haber hecho. (Sinceramiento total: mi hija, CEO de una startup de educación, es uno de esos emprendedores dinámicos).
Corridas 5.0
Si bien las nuevas tecnologías no han cambiado los elementos fundamentales de la banca, sí han aumentado el riesgo de corridas bancarias. Es mucho más fácil retirar fondos ahora que antes, y las redes sociales aceleran la propagación de rumores que pueden desatar una ola de retiros simultáneos (aunque, al parecer, SVB no respondió a los pedidos de extracciones de dinero, lo que podría llegar a ser una pesadilla legal). Según se informa, la caída de SVB no se debió al tipo de malas prácticas crediticias que condujeron a la crisis de 2008 y que representan una falla esencial respecto del papel central que desempeñan los bancos en la asignación de créditos.
SVB había comprado bonos de largo plazo y con eso expuso a la institución a riesgos cuando las curvas de rendimiento cambiaron drásticamente.
La respuesta ahora es la misma que hace 15 años. Los accionistas y bonistas, que se beneficiaron con el comportamiento riesgoso de la empresa, deberían asumir las consecuencias. Pero los depositantes de SVB –empresas y hogares que confiaron en que los reguladores hicieran su trabajo, que es lo que, una y otra vez, le repetían que estaban haciendo a la población– deberían cobrar en su totalidad, ya sea por encima o por debajo de la cantidad garantizada de 250.000 dólares.
Al rescate
Algunos dirán que rescatar a los depositantes de SVB conducirá a un peligro moral. Es una tontería. Los bonistas y accionistas de los bancos todavía están en riesgo si no supervisan a los gerentes de manera apropiada. Se supone que los depositantes comunes y corrientes no gestionan el riesgo bancario, y deberían poder confiar en que nuestro sistema regulatorio garantice que, si una institución se hace llamar banco, tiene los recursos financieros para devolver lo que le entregaron.
SVB representa algo más que la quiebra de un solo banco. Es un hecho emblemático de las profundas fallas en la aplicación de las políticas tanto regulatorias como monetarias. Al igual que la crisis de 2008, era previsible y ya se había vaticinado. Esperemos que quienes ayudaron a crear este caos puedan desempeñar un papel constructivo a la hora de minimizar el daño y que, esta vez, todos nosotros –banqueros, inversores, legisladores y la población en general– finalmente aprendamos las lecciones correctas. Todos los depósitos bancarios deberían estar garantizados. Y los costos deberían ser asumidos por quienes más se benefician: los individuos y las corporaciones adinerados, y quienes dependen más del sistema bancario, con base en depósitos, transacciones y otras métricas relevantes.
Han pasado más de 115 años desde el pánico de 1907, que condujo a la creación del Sistema de la Reserva Federal. Las nuevas tecnologías han hecho que los pánicos y las corridas bancarias sean más fáciles, pero las consecuencias pueden ser aún más severas. Es hora de que nuestro marco de generación de políticas y regulaciones responda.
(*) Premio Nobel de Economía. Profesor en la Universidad de Columbia y miembro de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional.










