Por Arturo Brooks
Estados Unidos es el más importante productor, consumidor y exportador de maíz del mundo. Pero sus cosechas sirven para alimentar ganado y automóviles, fabricar edulcorantes de alta fructosa, alcoholes, aceites y, marginalmente, para que la gente coma. Cerca de 60% del consumo local del grano se destina a usos industriales, de manera relevante a la elaboración de etanol. Aunque el maíz se siembra en casi todo Estados Unidos, principalmente con semillas genéticamente modificadas, su producción se concentra en los estados del cinturón maicero, que incluye a Iowa, Illinois, Indiana, Nebraska, Kansas, Minnesota y Misuri. En muchos de ellos la fuerza política principal es el Partido Republicano. En su mayoría, se cultiva en ranchos altamente mecanizados, de más de 500 hectáreas. El número de pequeños productores que se dedica a esta actividad disminuye cada año. Este cereal es el producto agrícola al que más subsidios destina Washington. En 2019 recibió 2.200 millones de dólares. Éstos benefician más a las grandes empresas agroindustriales que a los productores, y a los grandes granjeros sobre los agricultores familiares. EE.UU. exporta entre 10 y 20% del volumen total de su producción subsidiada, a países como México, Colombia, China y Japón. Para colocar su cereal en otros países, presiona/negocia el acceso a sus mercados y el desmantelamiento a protecciones soberanas, a través de acuerdos de libre comercio. Así lo hizo con México, primero con el TLCAN y ahora con el T-MEC. Y compite agresivamente con Argentina y Brasil que han incrementado su presencia en el mercado mundial del grano. Las exportaciones agrícolas estadounidenses no son sólo un negocio. La producción de alimentos es un arma clave y poderosa que han aceitado desde hace décadas. Guerra, alimentos y derechos de propiedad intelectual están estrechamente vinculados a la estrategia económica de la Casa Blanca desde la década de 1970. Desarrollo de la industria militar, producción masiva de granos y patentes han sido pilares de su hegemonía en la economía mundial. La comida es un instrumento de presión política formidable. Este año, deberá aprobarse la nueva Farm Bill, el Plan Quinquenal que regula las políticas agrícolas en EE.UU. En el debate se mezclan su intención de seguir haciendo de los alimentos un arma de control de otras naciones y un gran negocio, los votos de los agricultores del cinturón maicero y los intereses de las grandes agroindustrias. Argentina, Brasil y México tienen mucho de qué preocuparse.










