Yo digo… Una respuesta equilibrada a la inflación

Por Joseph E. Stiglitz (*)

1.
Si bien se anticipó que podría haber algunas escaseces de oferta cuando la economía global volviera a abrirse después de los confinamientos del Covid-19, éstas han demostrado ser más extendidas, y menos transitorias, de lo que se había pensado. En una economía de mercado gobernada al menos en parte por las leyes de la oferta y la demanda, uno espera que las escaseces se reflejen en los precios. Y cuando los aumentos de precios individuales se agrupan, lo llamamos inflación, que hoy está en niveles que no se habían visto durante muchos años.



2.
En los datos más recientes se destacan varias cosas. Primero, la tasa de inflación ha sido volátil. El mes pasado, los medios hicieron un gran alboroto por la tasa de inflación anual de 7% en Estados Unidos, mientras que no observaron que la tasa de diciembre era poco más de la mitad que la tasa de octubre. Sin ninguna evidencia de una espiral inflacionaria, las expectativas del mercado –reflejadas en la diferencia en retornos sobre los bonos indexados por inflación y los bonos no indexados por inflación– han sido debidamente acalladas.

3.
Una causa importante de inflación más alta han sido los precios de la energía, que aumentaron a una tasa anual de 30% ajustada estacionalmente en 2021. Existe una razón por la cual estos precios se excluyen de la “inflación núcleo”. A medida que el mundo se aleja de los combustibles fósiles, es probable que se registren algunos costos transicionales, porque la inversión en combustibles fósiles puede declinar más rápido de lo que aumentan los suministros alternativos. Pero lo que estamos viendo hoy en día es un ejercicio evidente de poder de mercado de los productores de petróleo. Conscientes de que sus días están contados, las compañías petroleras están echando mano a cualquier retorno que todavía puedan conseguir.

4.
Los precios elevados de los hidrocarburos pueden ser un gran problema político, porque todos los consumidores tienen que lidiar con ellos constantemente, pero no es arriesgado decir que, una vez que los precios de los combustibles regresen a niveles más familiares precovid, no alimentarán ningún impulso inflacionario. De nuevo, los observadores sofisticados del mercado ya lo reconocen.

5.
La pandemia expuso una falta de resiliencia económica. Los sistemas de inventarios “justo a tiempo” funcionan bien siempre que no exista un problema sistémico. Pero si se necesita A para producir B, y se necesita B para producir C, y así sucesivamente, es fácil ver cómo inclusive una alteración pequeña puede sobredimensionar las consecuencias.
De la misma manera, una economía de mercado tiende a no adaptarse tan bien a los grandes cambios como un cierre casi completo seguido de un reinicio. Y esa transición difícil se produjo después de décadas de perjudicar a los trabajadores, esencialmente a aquellos en la base de la escala salarial. Si la reducción resultante de la oferta de mano de obra se traduce en aumentos salariales, comenzaría a rectificar décadas de crecimiento salarial real (ajustado por inflación) inexistente.

6.
Cualquier recuento honesto de la inflación global actual debe estar acompañado de un gran descargo: como no hemos pasado por algo así antes, no podemos estar seguros de cómo evolucionarán las cosas. Pero esto sí es lo que sabemos: un aumento importante y generalizado de las tasas de interés es una cura peor que la enfermedad. No deberíamos atacar un problema del lado de la oferta reduciendo la demanda y aumentando el desempleo. Eso amortiguará la inflación si se lo lleva demasiado lejos, pero también arruinará la vida de la gente.

7.
Lo que necesitamos, en cambio, son políticas estructurales y fiscales específicas destinadas a desbloquear los cuellos de botella de la oferta y ayudar a la gente a enfrentar las realidades de hoy. Por ejemplo, los bonos de alimentos y los planes sociales para los necesitados deberían indexarse según el precio de los alimentos y los subsidios a la energía según el precio de los combustibles. Además de esto, un recorte impositivo único de “ajuste por inflación” para los hogares de bajos y medios ingresos los ayudaría a atravesar la transición pospandemia. Este recorte podría estar financiado por un gravamen a las rentas monopólicas de los gigantes petroleros, tecnológicos y farmacéuticos, entre otros, que ganaron una fortuna con la crisis.

(*) Premio Nobel de Economía. Profesor en la Universidad de Columbia y miembro de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional.