Esther Vivas
Los sesgos de género en medicina perpetúan de múltiples formas los estereotipos de género, al hacerlas invisibles, inferiores y controladas a través de la medicalización del cuerpo y la mente de las mujeres. Lo ha descrito con detalle en su libro “Mujeres, salud y poder”, Carmen Valls-Llobet, médica experta en Medicina con Perspectiva de Género.
Los sesgos en investigación y docencia, en el caso de que se incluyan mujeres en la muestra, no valoran las condiciones vida y trabajo, ni la sobrecarga psicosocial, por lo que en los estudios de la evolución de patologías se analizan mujeres en abstracto de las que se desconoce si tiene hijos, familia, si son cuidadoras o viven sometidas a situaciones de estrés.
Son muchas las formas en que la medicina clínica actual sesga la visibilidad de los diagnósticos más prevalentes entre las mujeres a lo largo de toda su vida, desde el desconocimiento de los trastornos de la menstruación en la adolescencia hasta la aparición de patologías crónicas que producen dolor y que son más frecuentes entre las mujeres.
Existen creencias en el inconsciente de muchos profesionales de la salud que sesgan la claridad con la que se debería abordar el proceso de diagnóstico y tratamiento de muchas patologías. Se invisibilizan los diagnósticos suponiendo que los riesgos y morbilidad de hombres y mujeres son iguales, cuando en muchos casos son diferentes, y por el contrario se considera que existen diferencias biológicas o psicológicas cuando hay similitudes.
“Bioacumuladoras químicas”
En el caso de la asistencia a mujeres es más probable que los síntomas sean considerados psicosomáticos y se prescriban ansiolíticos y antidepresivos desde la primera consulta. Es frecuente también que se minimice o magnifique la patología femenina y los resultados de los análisis de laboratorio sin base científica, y que se ejerza un paradigma reduccionista de etiologías o cruce incorrecto de causa efecto.
En un estudio realizado por la Universidad de Copenhague, con datos de casi 7 millones de mujeres y hombres, se han publicado evidencias de que en 700 enfermedades existe un mayor retraso de diagnóstico en las mujeres con respecto a los hombres.
Las mujeres son diagnosticadas de diabetes, 4,5 años más tarde que los hombres, y de cáncer 2,5 años más tarde también. Tampoco se tiene en cuenta que hay riesgos y efectos tóxicos que son diferentes entre mujeres y hombres.
El cuerpo de las mujeres es el primer “bioacumulador químico” ambiental (pesticidas, disolventes, derivados de los plásticos, hidrocarburos de vehículos, etc.) por la mayor composición de grasa en su cuerpo, ya que está preparado para dar la vida y para la lactancia. El alcohol produce un efecto doble por su mayor absorción y por su toxicidad hepática.
El tabaco provoca osteoporosis en las mujeres, además del resto de toxicidad que afecta también a los varones.
Las mujeres son más vulnerables a los trastornos de la alimentación como la anorexia o la bulimia, restringen la comida bajo la presión de la mirada social, de la mirada del otro, que determina cómo ha de ser el cuerpo de la mujer.
Las terapias hormonales en la menopausia se han aplicado sin investigación ni control y se han desaconsejado por el exceso de cáncer de mama producido.
Lentamente la ciencia avanza con la aportación de muchos trabajos de investigación que deben incorporarse a la docencia en la formación de las y los profesionales sanitarios.
Ciencia de las diferencias
Es muy difícil, y para algunas mujeres casi imposible, cambiar actitudes y valores, en un cuerpo cansado, agotado, por la doble jornada, por las violencias en la vida, en el trabajo y en las relaciones personales, o por las carencias nutricionales, las disfunciones endocrinológicas, las menstruales y las provocadas por el medio ambiente o la medicalización excesiva del cuerpo, sino recibe apoyo de los servicios sanitarios empoderados con la ciencia de la diferencia.
Para darles soporte real, la ciencia médica ha de tener en cuenta las diferencias a la hora de enfermar y los distintos factores de riesgo en hombres y en mujeres, así como las desigualdades que presentan. Es necesario aumentar la investigación y docencia en morbilidad diferencial entre mujeres y hombres. La organización sanitaria ha de ser progresivamente más sensible a los temas de sexo y género creando espacios y protocolos especiales que faciliten el diagnóstico diferencial. La ciencia de las diferencias y desigualdades debería formar parte de la investigación y docencia dentro de todas las especialidades de las ciencias de la salud.










