Luis B. García
“El precio real de cualquier cosa”, afirma el muy liberal Adam Smith en La riqueza de las Naciones, “lo que en realidad cualquier cosa cuesta a quien quiere adquirirla, es el trabajo y las dificultades de obtenerla”. Luego, “el trabajo fue el primer precio –el primer dinero– de compra pagado por todo”. El también liberal David Ricardo añade que “el trabajo es el fundamento de todo valor, y es la cantidad relativa de trabajo la que determina el valor relativo de los bienes económicos”. Según él, la renta de la tierra, la del capital y la del trabajo son todas en realidad rentas del trabajo, pues las dos primeras no existirían sin este último. El valor de un bien económico equivale al trabajo invertido para producirlo. Lo que los empresarios venden como mercancía o servicios no son más que agregados de trabajo humano, a cuyo costo añaden un sobreprecio que representa su beneficio o plusvalía.
El trabajo, por tanto, es el hecho central del proceso económico. Lo lógico, equitativo y justo sería que el trabajador recibiera íntegramente el valor que su trabajo crea.
En el capitalismo, todas las estructuras están orientadas a extraer del trabajador la máxima cantidad de trabajo remunerándolo con el mínimo salario posible.
La economía es una narrativa, y como tal está tejida con retóricas.
La verdad es otra
En relación con los precios los capitalistas justifican su actividad y los gobiernos su inactividad pretendiendo que son algo así como espíritus o fuerzas de la naturaleza, independientes del control humano. Los precios “se liberan” por sí solos: nadie puede hacer nada.
La verdad es otra. Los precios se disparan 100 billones de veces sin que existan previas y equiparables elevaciones en los costos de la materia prima y del trabajo, porque un sicario lo ordena en una página web extranjera, los empresarios cómplices lo obedecen unánimemente y ni autoridades ni sindicatos lo impiden.
Del incumplimiento resulta que los trabajadores caen bajo el nivel de la pobreza, que la ONU adjudica a quien gana menos de 2 dólares diarios.
Un sistema económico que sólo adjudica al trabajador que lo mantiene funcionando el 1% de lo que éste necesita para vivir es un sistema fallido.
Recordemos lo que dice el liberal Adam Smith, en cuyo nombre quienes no lo han leído perpetran tantas atrocidades: “Seguramente ninguna sociedad puede ser floreciente ni feliz, cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables. No es más que equidad, entonces, el que aquellos que alimentan, visten y alojan a la totalidad del pueblo, deban tener una porción de lo que su propio trabajo produce como para estar tolerablemente alojados y alimentados ellos mismos”. Economía que no remunera el trabajo es como máquina que cree que puede prescindir del combustible. Por inercia seguirá moviéndose un tiempo limitado, pero al final se paralizará. Antes de eso, advendrán efectos colaterales como crecimiento de la desigualdad y la marginalidad, emigración excesiva, delincuencia, corrupción, narcotráfico, trata de personas, multiplicación de juegos de azar, bingos, garitos y casinos, y otras lacras sociales que avergüenza sólo pensarlas. En una economía en donde se indexan los precios de todos los bienes resulta contradictorio que algunos se nieguen a ajustar proporcionalmente los salarios de los trabajadores que los producen.
Enemigos del pueblo
Los enemigos de los trabajadores, aparte de insultar a todos los que defienden justas remuneraciones, argumentan que incrementar sueldos sería crear dinero inorgánico ¿Pero por qué no es inorgánico el dinero generado para cubrir aumentos de precios de 100 billones de veces en alimentos, bienes de consumo, medicamentos, transportes, combustibles, créditos bancarios, tasas, tarifas y servicios públicos, y sí lo sería el que paga el trabajo que crea o suministra esos bienes? ¿Sería inadmisible que tocara algo de ese aumento a quienes con su labor lo crearon?
El sacrificio que se impone a otros siempre parece liviano.
Se podría refutar esas pavadas recordando que, según John Maynard Keynes, el aumento del gasto tiene efecto multiplicador, pues fortalece la demanda, la cual a su vez estimula la producción, dinamizando un incremento del empleo, el consumo y la remuneración que disparan el auge económico. Con esa fórmula el capitalismo resurgió varias veces el pasado siglo del pantano de la crisis en donde lo había sumido su estúpida avaricia.
Pero el argumento decisivo en el debate bien podría ser político. Los mismos empresarios que incrementan desorbitadamente precios los utilizan para movilizar a sus víctimas contra el gobierno que tarda en mejorar sus remuneraciones.










