Yo digo… Piratas del Caribe

Luis Britto García

1.
No hay soldados, naves ni aventuras expansionistas sin impuestos. Lo saben Rusia y Estados Unidos como lo sabía la República inglesa en 1657: de un presupuesto de gastos de 2.900 millones de libras, 1.900 millones se destinan al Ejército y 742.000 a la Marina (Paul Kennedy: Auge y caída de las grandes potencias). El Parlamento se había sublevado contra Carlos I por no tolerar que el Rey elevara los impuestos; decapitado el soberano, Oliver Cromwell debe autorizar gastos que cuadruplican los que llevaron al colapso a la monarquía. Para financiarlos, propone requisar los bienes de quienes tomaron las armas a favor del Rey y realiza pesadas confiscaciones.



2.
La República Inglesa sigue así un camino ya cursado por el Imperio español, e inaugura un modelo que asumirán las revoluciones posteriores. Pues el esfuerzo necesario para vencer a sus adversarios obliga al Estado a depender del ejército; para mantenerlo debe erogar pesados gastos militares; tales dispendios quebrantan la economía. Y cansada de estas pesadas cargas improductivas, la nueva clase dominante acepta una restauración formal del viejo orden. Después de agotar los recursos ingleses en la simultánea guerra contra España y contra Holanda y en combatir las sublevaciones de Irlanda y de Escocia, Cromwell fallece exhausto en 1658. Designa como sucesor a su primogénito Richard, quien, carente de la vocación de poder y del genio político del padre, cede ante los sectores que promueven una restauración del fugitivo heredero al trono. Éste es coronado en 1660 con el nombre de Carlos II, en medio de gran pompa y del carnaval de abjuraciones que acompaña toda restauración. Los líderes parlamentarios juran fidelidad al monarca; pero es un monarca que desde ese momento y para siempre está sujeto al Parlamento. El mismo año de la Restauración se firma la paz con España. Pero es una paz que reconoce el dominio británico sobre Jamaica y ésta sirve durante el resto del siglo como segura base de los ataques filibusteros y de la expansión británica en el Caribe.

3.
Tras deshacerse de la República que había creado las fuerzas necesarias para seguir la política expansionista, los burgueses la continúan sirviéndose de la monarquía. A la postre dominan las islas de Barbados, Bermudas, Anguila, San Cristóbal, Tortuga, Antigua, Nevis, Montserrate, Barbuda y Tobago. Todas constituyen guaridas selectas para el contrabando, el corso, la piratería y el lanzamiento de una nueva expansión imperial hacia Centroamérica, que les permite establecerse en Belice, islas de la Bahía, de Maíz y Mosquitos, Providencia y San Andrés, así como en la «Costa Salvaje» de Guayana. Aunque son territorios de una extensión modesta, permiten el dominio comercial y estratégico del Caribe.

4.
La Compañía Inglesa de las Indias Orientales recibe su concesión en 1600, dotando a la compañía con un monopolio del comercio con el Este. De ello se siguieron guerras brutales, conducidas con inexpresable barbarie entre los rivales europeos, aprovechándose de poblaciones nativas que a menudo eran sorprendidas en sus propias luchas internas. En 1622, Inglaterra expulsó a los portugueses de los estrechos de Hormuz, «la llave de la India», y luego conquistó ese gran premio. Gran parte del resto del mundo fue en definitiva parcelado de una manera similar. Inglaterra adopta una firme política de monopolio sobre el comercio con sus propias colonias, todavía más rigurosa que la que tanto criticó a su rival España. Expulsa a los mercaderes extranjeros de sus colonias, pero como la recluta no basta para poblar a Jamaica y a otras islas conquistadas, el piadoso Rey Carlos II crea en 1672 la Royal African Company, que monopoliza el comercio con seres humanos y que, conjuntamente con sus sucesoras, introduce en el Caribe entre 1680 y 1786 a través de Jamaica, 2 millones de esclavos.

5.
En tales políticas están las bases del poderío británico, que le permitirá a comienzos del siglo XX dos quintos de la superficie terrestre. La geopolítica juega un papel determinante en la duración del imperio que empieza a consolidarse por tales medios. La insularidad de Inglaterra la libra de sostener las ruinosas guerras territoriales bajo las cuales terminan por colapsar el Imperio español, la hegemónica Francia de Luis XIV y el Imperio napoleónico. Frente a estas hecatombes de magnitud continental, los eventuales conflictos de Inglaterra con Irlanda o Escocia son enfrentamientos menores. Inglaterra juega su suerte en los mares, que casi siempre le son favorables. A pesar de todas las restauraciones, todavía perdurará durante varios siglos el poder forjado por Cromwell, designio de su inconquistable voluntad.