Hojas Sueltas… No se lee como antes

Por Sergio A. Rossi

A mí me gusta leer y me gustan los libros, los libros de papel y tinta. Recibo mensajes y escucho gente diciendo que en los libros está la verdad, como contraposición a las mentiras fáciles que pululan y acechan por la red. También escucho que los jóvenes, al dedicarse al celu, la play y la tele, ya no se cultivan como antes; y que como atienden varios dispositivos a la vez dispersan la atención y razonan con menos rigor analítico. Y hasta recibo esos mensajes de gente que no parece muy “leida”. La verdad y la mentira bailan a través de los siglos y la mudanza tecnológica. La verdad y la mentira existían antes de la invención de la imprenta. Se mentía y se decía la verdad antes que existiera la escritura. La comunicación instantánea que permite la electrónica es un nuevo ambiente para que la verdad y la mentira se entremezclen y disputen. El problema es de entendimiento y no de libros, que así les fue al pobre Alonso Quijano y al torpe autodidacto de La Náusea. Conozco mucho zonzo ilustrado, mucho mentiroso que escribe, mucho cómodo y quejoso que encuentra más fácil criticar a sus hijos que tratar de comprender, añorando su tiempo ido -o perdido- y repitiendo pavadas sin pensar. El problema no es de libros, sino de cabeza. Por estos días me acordé de un excelente libro de Roberto Juárez que leí hace añares. Al rebuscarlo entre mi biblioteca advierto que lo compré justo un mes antes de empezar mi militancia política de manera orgánica en el peronismo, a los 20 años, en marzo de 1981. El texto recorría una serie de atentados políticos en nuestra historia patria, desde el asesinato de Güemes en el año 20 hasta el golpe contra Perón de 1955. Los situaba y explicaba, con objetividad histórica, honestidad intelectual, rigor moral, pasión nacional y amor por el pueblo argentino. Comenzaba con un epígrafe de José María Rosa: «El caudillo no es un individuo; es una muchedumbre». Terminaba con el bombardeo a la Plaza de Mayo y una frase contundente del propio Juárez: «Para que nada faltase a esa orgía de odio y sangre, los políticos, periodistas y militares del régimen, responsabilizaron a Perón por las víctimas. Es que el Presidente debió morir entre los escombros. A la «democracia» impersonal la desvela la existencia de un solo hombre. Que todavía vive. -Septiembre de 1968-«.