Por David Bueno
Desde hace un tiempo, parece que cada vez es más habitual encontrar animales salvajes adentrándose en zonas urbanas en busca de alimento y, en algunos casos, incluso de refugio. En algunos casos, la evidencia indica que este acercamiento obedece a la superpoblación de estos animales y a la falta de depredadores naturales. Pero hay más causas de este acercamiento. Lo ha estudiado y cuantificado un grupo formado por investigadores de varias universidades y centros de investigación norteamericanos, encabezados por la ecóloga Trabes Gallo, especialista en ecología urbana, comportamiento animal y biodiversidad. Según las conclusiones del estudio, a la hora de establecer programas de conservación de la naturaleza se tienen que tener muy en cuenta la capacidad y las dinámicas de los diferentes grupos de animales para adaptarse a los entornos humanizados y urbanos, dado que muchas de las estrategias de conservación que usadas hasta ahora no han sido efectivas porque no han valorado las oportunidades que ofrecen estos entornos a la vida salvaje, que los animales, por instinto, aprovechan.
En este trabajo, se instalaron cámaras en 10 ciudades estadounidenses para capturar imágenes de las incursiones que hacen los animales salvajes que viven cerca para buscar comida o para refugiarse, y las compararon con el comportamiento de los que viven en entornos poco o nada humanizados. Examinaron coyotes, zorros y linces; animales que tienen una dieta más flexible, como mapaches, mofetas y finalmente, herbívoros como ciervos y conejos.
Los resultados indican que los depredadores, como los coyotes y los zorros, tienen tendencia a atrasar su ciclo biológico diario y se vuelven más nocturnos en entornos humanizados. De este modo pueden buscar restos de comida entre los desechos al mismo tiempo que reducen la probabilidad de encontrarse con las personas, que normalmente los echan. En cambio, los ciervos, los conejos y los mapaches avanzan su ciclo biológico dado que, a diferencia de los carnívoros, las personas no los suelen echar.
La principal conclusión que los investigadores es que, en un ambiente cada vez más humanizado y urbanizado, cuando se establecen programas conservación de la naturaleza se tienen que tener en cuenta estos cambios de comportamiento y de hábitos de los animales, dado que influyen en la dinámica global de los ecosistemas y la hacen todavía más compleja. No tenerlos en cuenta puede explicar la poca efectividad de muchos de estos programas y las dificultades de gestión que se derivan de ello.










