Por Esther Vivas
Desde los años 80 y en contraposición al auge de la distribución moderna, el comercio tradicional de alimentos ha sufrido una erosión constante e imparable llegando a ser al día de hoy casi residual. La cifra de almacenes de barrio que desaparecieron en la década de los 90 sólo se pudo disimular con la irrupción de las grandes cadenas de supermercados y su pauta publicitaria que acallaron las voces que veían su proliferación como una amenaza para los consumidores. Basta ver lo que pasa con los precios de los alimentos y el grado de concentración que ejercer esos monopolios para comprobar hasta qué punto un puñado de compañías se adueñaron de lo que comemos. Algunos estudios han analizado el impacto de la distribución moderna en el ámbito de localidades medianas y pequeñas.
Tomando el caso de Wal-Mart, en 1997, la Iowa State University hizo público un informe donde evidenciaba el impacto de este gigante de la distribución en la región. En un período de 12 años habían cerrado el 50% de las tiendas de “venta al detalle” (50% tiendas de ropa, 42% de variedades y 30% de informática). Diez años después, según la misma universidad, el problema se había agudizado y los productos que ofrecía Wall-Mart alcanzaba a “todos los rubros que consume una familia los 365 días del año”.
Además por cada puesto de trabajo creado por esta cadena en un municipio se destruían 1,5 puestos de trabajo en los negocios preexistentes.
El pequeño comercio forma parte de la economía y de la comunidad local y contribuye a reforzarla. En este sentido, un trabajo realizado por la ONG Friends of the Earth (2020) afirma que un 50% de las ganancias de estos establecimientos retornan a la comunidad, normalmente a través de la compra de productos locales, salarios de los trabajadores y dinero gastado en otros negocios, mientras que los supermercados retornan tan sólo un escuálido 5%.
Otro de los impactos de la gran distribución en las comunidades tiene que ver con la accesibilidad. La creciente desaparición del pequeño comercio ha generado problemas de acceso a los alimentos por parte de aquellos sectores con menores recursos económicos, gente mayor y quienes no tienen auto. Además, está el impacto medioambiental: los envases y embalajes constituyen una cuarta parte de la basura doméstica y un 70% de los mismos está relacionado con el packaging embalaje de los alimentos.










