Cuando escribimos, pensamos y enjuiciamos los crímenes de odio, tendemos a centrarnos en si el agresor actuó solo. En este caso, parece que Fernando Sabag Montiel, de 35 años, no tuvo cómplices. Es un presunto asesino solitario o, en la jerga de nuestro tiempo, un “lobo solitario”, un término que se usa para diferenciar a los actos de terrorismo más sofisticados cometidos por grupos organizados, que involucran a varias personas y una meditada planificación.
Pero esa denominación no es la adecuada en una era en la que el odio y la radicalización sirven como representación del rebaño colaborativo, de los co-conspiradores y cómplices. Sabag Montiel no estaba solo. Su misión -trunca por el milagroso desperfecto del mecanismo de su arma-, se apoya en un aparato que le proporcionó la ideología y los medios para su ejecución. Su repetida aparición ante las cámaras de tv para escupir su diatriba contra el Gobierno y el kirchnerismo demuestra que Sabag Montiel no se percibía solo: tenía a su gente, su grupo de pertenencia. Y ellos estaban allí para él. Para ellos hablaba y para ellos actuó. Sabía, porque estuvo allí antes, que sería visto por millones de televidentes. Su ataque fue un gesto performático para una audiencia que ya existía y que él se dispuso a complacer con alevosía.
El lenguaje por sí solo no puede cambiar la radicalización de una parte de la sociedad argentina actual, pero es necesario nombrar las cosas por su nombre: fue un atentado de odio, sí, pero no individual. Su acto criminal fue alimentado por la tirria de los grandes instigadores. Las redes anti-sociales, los periodistas y políticos violentos, y los grupos de poder que los sostienen deberían rendir cuenta. Pero en su lugar, alientan la hipótesis del “loquito suelto”, del lobo solitario que “burló” el operativo de seguridad.
Intentan poner el foco sobre la personalidad del atacante, interpretando sus tatuajes, su actividad en las redes, su forma de vestir, sus fantasías extravagantes o su manía por las selfies. La idea central detrás de ese argumento es dirigir la atención pública hacia el perpetrador y no a la usina que generó su ideología.
El odio de Sabag Montiel no es específico hacia CFK y es poco probable que se encuentre en su perfil algo revelador. Es probable que descubramos que él, en realidad, no es tan especial. Es sólo parte de una manada.









