David Bueno
El cerebro es el objeto más complejo que puede estudiarse y el más enigmático. Entender cómo algo que se genera a escala molecular repercute en la escala de funcionamiento de todo el cerebro o incluso en la actividad mental no es nada trivial. Además estudiar el cerebro con el cerebro, lo dificulta todavía más, pues se trata de un objeto que se estudia a sí mismo y esto, a la fuerza, comporta alguna limitación.
Nuestro cerebro está limitado por los sesgos cognitivos. Uno de los que más afecta a la comunidad científica es el sesgo de confirmación: tendemos a fijarnos más en aquella información que confirma nuestras hipótesis. Para evitarlo, se debe ser muy riguroso a la hora de aplicar el método científico, y también sería importante que se publicaran los resultados negativos, algo que ahora no se hace y es un error, porque son tan relevantes como los positivos. Si sólo se publican resultados positivos se acaba produciendo un sesgo en el que lee la información, porque le explicamos lo que uno quiere que sienta.
Sería muy importante que en los artículos científicos pudieran reportarse tanto los resultados positivos como los negativos. Y es muy necesario, cuando existe una refutación de una hipótesis clave.
Escultores de nuestro propio cerebro
Todo lo que hacemos tiene un impacto en nuestro cerebro, al tiempo que el cerebro tiene un impacto en lo que hacemos. El cerebro se desarrolla como tal en el período postnatal. Cuando nacemos hay un protocerebro, un primer borrador, pero este cerebro debe alimentarse de lo que le proporciona el entorno. Había un estudio muy interesante que mostraba que el tamaño de algunas estructuras cerebrales, como el hipocampo, era superior en personas que cultivaban mucho las habilidades cognitivas visuales y espaciales, y esto se correlacionaba con una mejor realización de tareas visuales y espaciales. Se hizo con taxistas de Londres, y se vio que existía una correlación directa entre el tamaño del hipocampo y los años que llevaban ejerciendo la profesión. O sea que siempre podemos actuar sobre el cerebro.
Ahora sabemos que lo que antes se llamaba “período crítico”, que al principio se pensaba que eran 2 años, después 6 y después 8, es de más de dos décadas. Realmente es a los 20 o incluso cerca de los 30 años cuando el cerebro acaba de desarrollarse. Pero toda la vida existe margen de mejora, incluso de adulto.
Cómo mantener un cerebro potente
Hay estudios en los que se ha visto que el nivel de actividad cultural o social, e incluso el nivel de ejercicio físico, tiene influencia sobre la reserva cerebral o cognitiva, que hace que el declive cognitivo asociado a la edad se produzca más tarde y en menor medida. Tomar una actitud excesivamente cómoda, como sentarse frente a la tv, no ayuda. El cerebro crece con lo que le requiere esfuerzo. Debemos ponernos retos: aprender un idioma, viajar, aprender a cocinar, aprender lo que sea, habilidades técnicas, manuales o cognitivas. La música, por ejemplo, es un estímulo fantástico, porque combina información muy compleja con habilidades motoras específicas. Si a pacientes de Parkinson se les da una información rítmica, son capaces de sincronizar su marcha. Y en esta línea, lo que mejor funciona es el baile.
Existir y sobrevivir
De alguna manera, existimos gracias a la memoria y sobrevivimos gracias al olvido.
Somos quienes somos gracias a la memoria. Sin memoria no sabemos de dónde venimos, quiénes somos ni dónde vamos. Y esto genera la conciencia. En el fondo somos conscientes de nosotros mismos para que recordemos. Hasta ahora se había estudiado la memoria como fenómeno específico de región. Para estudiar la memoria visual y espacial se analizaba el hipocampo, cómo cambiaban las neuronas, si se activaban más o menos, pero no se acababa de entender. ¿Dónde se guardan los recuerdos? ¿En las conexiones sinápticas entre neuronas? No, porque van y vienen. ¿Cómo moléculas? No, porque la vida media de una proteína es muy corta para que exista un recuerdo. Entonces, hace unos años surgió de nuevo el concepto de “engrama”. Según esto, lo que vives activa grupos de neuronas que se activan a la vez y se conectan funcionalmente. La hipótesis era que si se reactivaban estas neuronas se reactivaba un recuerdo. En el laboratorio de Tonegawa en Estados Unidos desarrollaron unas técnicas que permiten marcar las células del engrama y activarlas con fármacos, por lo que, al menos en ratones, han logrado activar recuerdos artificialmente.










