Por Carlos Heller
A las corporaciones, que en la Argentina tienen el 80% del poder real, les preocupa que el Gobierno está teniendo éxito en algunas de sus políticas y las quiere bombardear. El Gobierno arregló la deuda impagable que le dejó el gobierno anterior. No la canceló, la ordenó, la defirió y creó un escenario para poder enfrentarla a partir de 2026. Al mismo tiempo comenzó a construir un mercado en pesos para afrontar el déficit fiscal. Argentina tiene una importante deuda en pesos con acreedores locales y está logrando en cada vencimiento renovar lo que vence, más un poquito. En lo que va del año, el financiamiento neto fue positivo (lo que se consiguió sobre lo que venció). Fue de 663.249 millones de pesos, que se lograron por encima de lo que venció, lo que permitió disminuir la necesidad de emisión para atender el déficit fiscal. Por eso, lo que podemos afirmar es que todo el mal clima que se intenta generar es, esencialmente, provocado. La Argentina que dejó Macri era un país inviable. Con todas las dificultades, con dos años de pandemia, más una guerra y una crisis de inflación, de aumento de precios de alimentos y de la energía que alcanza a todo el mundo, Argentina transita por un camino hacia un país más justo, competente y sólido. Hacia un país viable. Las expectativas en economía son muy importantes.
La televisión, los diarios y radios de los sectores concentrados se esfuerzan hasta el ridículo para sembrar incertidumbre. Propagan la opinión de presuntos gurúes y analistas que son sólo interesados alfiles políticos de la oposición. No les importa ser desmentidos por la realidad, porque cuando se comprueba la operación ya están montados en otra patraña. Sus entrevistados no paran de anunciar catástrofes inminentes y crisis terminales porque intentan influir sobre la percepción de la gente.
Nada de lo que dicen es verdad, lo demuestran los hechos. Por ejemplo: hoy tenemos récord de empleados cubiertos en las aseguradoras de riesgo de trabajo, lo que indica que hay más gente que consiguió trabajo formal. Ese trabajador sabe que su situación personal mejoró, puede contraponer su percepción a la prédica de que todo está por explotar y volar por los aires.
Pero no es fácil traducir una sensación personal al clima colectivo. De allí ese empecinamiento por generar desesperanza, abatimiento y desencanto sobre el ánimo social.










