Por David Bueno
Los conflictos parecen ser inherentes a la condición humana. Solo tenemos que echar una mirada a nuestro alrededor: en estos momentos hay al menos 11 guerras declaradas, sin contar con otros conflictos armados latentes en diversas partes del mundo.
Esto podría hacer pensar que la especie humana es violenta. Pero lo cierto es que al mismo tiempo que se producen auténticas atrocidades, también vemos muestras de solidaridad y compasión excepcionales.
El conflicto se define como una lucha o competencia entre individuos o entre grupos de individuos. La competencia sí es inherente a todos los seres vivos: competimos por los recursos, especialmente cuando estos son limitados. Esta competencia puede conllevar la manifestación de comportamientos agresivos y de violencia, aunque esto último no es estrictamente necesario.
Y tal vez sea aquí donde se encuentre el quid de la cuestión. Porque si bien la competencia es inherente a la vida, también lo es la cooperación. En cuanto a la agresividad, es un rasgo de conducta presente en la mayoría de especies animales, incluidas las personas. Se genera a partir de algunas respuestas emocionales, las centradas en el miedo y la ira. Que no son sinónimos. El miedo es la emoción que nos impulsa a huir o a escondernos ante una amenaza, mientras que la ira nos conmina a luchar ante las supuestas amenazas, no como una manifestación de violencia sino como simple mecanismo de autoprotección.
Violencia y agresividad
Violencia y agresividad no son lo mismo. La violencia se nutre de los comportamientos agresivos, pero va mucho más allá: los mezcla con condicionantes sociales y grupales. En este sentido, una de las fuerzas más poderosas de movilización individual y colectiva es la ideológica.
Las muestras de identidad, como pueden ser las banderas y los himnos nacionales, activan la producción de oxitocina en el cerebro. Es una neurohormona que, entre otras muchas funciones, facilita la socialización. Pero también establece la base del grupalismo. Es un tema complejo, en el que debemos ser muy cautos. No se trata en ningún caso de buscar “buenos” y “malos”, sino de comprender por qué a veces actuamos como lo hacemos, explicar los comportamientos humanos no para justificarlos sino para contribuir a la prevención de los conflictos o, como mínimo, a la resolución dialogada de los mismos, alejada del uso de la fuerza.
El grupalismo y la doble moral
Evolutivamente, la especie humana se ha adaptado para la vida en grupos, o tribus, y el cerebro responde a ello de una manera muy peculiar. Ya desde el nacimiento, de forma instintiva, aprende a diferenciar “los propios”, las personas de su mismo grupo, de “los otros”, las personas de otros grupos, e inmediatamente empieza a establecer una regla de doble moral.
Diversos estudios han demostrado que, en adultos, a los pocos días de incorporarse por primera vez un grupo recién formado cuyos miembros no se conocían entre sí con anterioridad, uno empieza a percibir a sus compañeros como más honestos, fiables, inteligentes, trabajadores o simpáticos que a los miembros de otros grupos. Aunque ni a unos ni a otros los conocía de nada previamente. La mente grupal ha entrado en acción.
A partir de estas diferencias, la manipulación resulta fácil. Es suficiente con incrementar la percepción de deshonestidad o de cualquier otro aspecto negativo de los miembros de otro grupo para que se inicien rivalidades necesarias, que pueden llevar al conflicto.
Además, cuando esta percepción negativa es suficientemente intensa, se puede incluso llegar a cosificar a las personas del otro grupo, lo que facilita la barbarie a la que muchos conflictos bélicos nos tienen tristemente acostumbrados.
Vivencias educativas
La agresividad forma parte de nuestra naturaleza como mecanismo de autoprotección ante posibles amenazas. Pero la violencia es perfectamente evitable, a través de la humanización social y educativa de “los otros”.
Esto explica también las increíbles muestras de solidaridad que generan los conflictos. Eso sí, es una solidaridad que se produce de forma mucho más fácil con aquellas personas que, dentro del conflicto, consideramos como más de “los nuestros”. El cerebro grupal siempre está en acción, por lo que es crucial mantener un clima social de diálogo para evitar los conflictos o solucionarlos cuando se empiezan a producir.
Todo ello pasa, como se ha dicho, por las experiencias sociales y, muy especialmente, por las vivencias educativas.
La educación influye en las conexiones que se fundamentan en el cerebro. Por consiguiente, una educación que favorezca el diálogo y la reflexión entre opiniones diversas facilitaría la resolución pacífica de los conflictos. Y también todo lo contrario si la educación se dedica a explotar las diferencias y la competitividad desmesurada.
Somos, en definitiva, una especie de agresión y al mismo tiempo solidaria y compasiva. Pero que puede convertirse en violenta según como sean los condicionantes sociales en que nos formamos como personas.










