Tiroteos icónicos, diálogos memorables y ofertas que no se pueden rechazar no lo son todo en el legado cinematográfico de El Padrino, clásico que cumplió ayer 50 años de su estreno de la mano de Francis Ford Coppola y que, contra cualquier pronóstico y a fuerza de determinación, trascendió los límites de su género y se convirtió en un símbolo que aún permanece vigente.
Es que su enorme huella en la cultura popular y figuras inmortales como el Vito Corleone de Marlon Brando no son accidentales. El marketing previo a su lanzamiento y los importantes galardones que reunió -entre ellos el premio Oscar- impulsaron al máximo las expectativas y la predisposición de las audiencias, cuando no existía el bombardeo publicitario que permiten las redes sociales ni el alcance del streaming. Más todavía, esta historia, que explora el tema de la sucesión en una familia mafiosa de origen italiano en la posguerra, ostenta un puesto de privilegio permanente para la crítica global.
Con un estatus que comparte con pocos -quizás superado por El ciudadano, de Orson Welles-, El Padrino siempre está a la cabeza de los rankings con el respaldo del público y especialistas por igual. Se trata de un ejemplo de lo que sucede cuando los planos comerciales y artísticos dan como resultado una obra pionera e influyente, aunque su génesis estaba marcada por impugnaciones y sugería lo contrario: al borde del estallido o el fracaso constante y con un camino lleno de obstáculos, la producción se transformó en un verdadero tanque que nadie vio venir. Eran tiempos de plena transición para la industria audiovisual estadounidense, después de décadas de sostener el famoso sistema de estrellas del Hollywood dorado que, para los contraculturales años 60, ya estaba en franca decadencia y frente a una ola de realizadores cultivados en escuelas de cine que disputaban el poder de los estudios.










