Opinión. Inviable

Por Luis Britto García

Señala el Credit Suisse Research Institute que la mitad inferior de la población mundial es propietaria de menos del 1% de la riqueza total. Al mismo tiempo, el 10% más rico posee 88% de la riqueza mundial, y el 1% superior por sí solo es dueño del 50% de los activos globales. Cada crisis económica incrementa y acelera esta desigual distribución; la pandemia la profundiza; las guerras la multiplica todavía más.
Proporcional a la concentración de la propiedad es la privación de ella para las mayorías trabajadoras. Durante el siglo pasado, algunos sistemas capitalistas desarrollados aplicaron políticas de inversión pública para paliar las crisis económicas, algunos empresariados concedieron a regañadientes derechos a sus trabajadores, ascendiéndolos de proletarios a estratos consumistas de ingresos medios. Según predicó John Maynard Keynes, estas medidas eran “el único medio practicable de evitar la destrucción total de las formas económicas existentes”, es decir, del sistema de propiedad privada de los medios de producción, y su sustitución por sistemas socialistas (Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero).
A raíz de golpes de Estado de derecha, del empleo de medios perfeccionados de propaganda política y de la disolución de la Unión Soviética, gobiernos y empresarios estimaron innecesarios paliativos para evitar la radicalización de las masas. Siguió la inmisericorde aplicación de medidas autoritarias, neoliberales y fondomonetaristas para recortar drásticamente salarios, derechos laborales y gasto social.
Trabajadores y estratos medios de los países desarrollados están en estado de pauperización o al borde de ella. El capital desplazó sus empleos hacia maquilas en países del Tercer Mundo, con las más voraces condiciones de explotación laboral imaginables, pero incluso estos puestos de trabajo subpagados están a punto de ser ocupados por maquinarias.
Gobiernos y medios han logrado disipar esta realidad mediante la represión y la postergación de soluciones. Pero siendo la pauperización universal y creciente, cabe esperar protestas cada vez mayores, más generalizadas y duraderas. No por nada algunos billonarios y las organizaciones que expresan sus intereses se han manifestado dispuestos a soportar discretos aumentos en la tributación que permitan aliviar la situación mundial de los desposeídos. No actúan por humanismo, sino para instalar válvulas de seguridad que desahoguen el peligroso exceso de presiones sociales.
El trabajo a distancia favorece que la relación laboral sea sustituida por el trabajo a destajo y hace inviable la subsistencia para la gran mayoría de la población.