Yo digo…. Peronismo y capitalismo

Por Juan José Giani

El calificativo “populismo” circula como apestado en territorios académicos, tribunas de opinión y debates geopolíticos. Suele quedar asociado con liderazgos autoritarios, comportamientos irracionales o gobiernos que apelan a la dádiva irresponsable. No es un dato menor que estas denostaciones provengan del parlante de las derechas, que utilizan esta batería de invectivas para simultáneamente trabar amistosas alianzas con lo peor del capitalismo financiero internacional o recortar derechos de los más humildes.
Sin embargo, el término sigue conceptualmente capturado por una ostensible vaguedad que habilita una continua controversia.
Veamos que ocurre a propósito de estas controversias con el peronismo, movimiento extraño al que suele clasificárselo como populista y cuya importancia en la historia política latinoamericana es arduo disimular. Avalan esta inquietud dos cuestiones. La abrumadora mayoría de su actual dirigencia parece haber naturalizado su inscripción en un horizonte capitalista, y a su vez el Presidente Fernández repite una frase que invita a la reflexión (“Es hora de aceptar que el capitalismo no ha dado buenos resultados”).



Componentes doctrinarios básicos
El peronismo se concibe desde su origen como una innovación filosófica disruptiva, conocida como la Tercera Posición. Esa definición tiene tres ramificaciones. a) Una opción ontológica superadora del espiritualismo y el materialismo (lo que se traduce en un humanismo no cientificista apoyado en la justicia social). b) Un sendero geopolítico distante tanto de los Estados Unidos como de la Unión Soviética (lo que dará lugar al Movimiento de los No Alineados). c) Un modo de organización política tan alejado del egoísmo individualista como de la estadolatría autoritaria (lo que desemboca en un comunitarismo ni organicista ni compulsivo).
En el discurso de Perón surge nítido que no persigue un esquema comunista, ni capitalista. Basta rememorar una de sus citas más célebres (“Ni el hombre explotado por el capital ni el individuo sometido por el Estado”).
Ahora bien, cuando se ingresa al terreno de la polémica pública al peronismo se le valora su antiimperialismo y su defensa de los trabajadores. No obstante, se le imputa el supuesto reformismo de haber mantenido inalterado el suelo profundo del capitalismo. Puesto de otra manera, Perón nunca dejó de ser un nacionalista burgués pues esos fueron los límites que dejó ver a lo largo de sus gobiernos.
Pero si lo que define al capitalismo es la existencia de fuerza de trabajo asalariada y relaciones mercantiles, ninguna de las revoluciones presentadas bajo la etiqueta del comunismo erradicaron esos factores. Aunque se presenten como transiciones son, por cierto, demasiado largas, lo que nos les quita densidad y méritos, pero exige acomodar marcos teóricos. Por lo cual, en este punto las distancias con los gobiernos de Perón pueden ser de grados pero no de naturaleza.
Esto es, en principio no hay contradicción alguna en que Perón promueva una alternativa superadora al capitalismo y que su práctica histórica no haya avanzado drásticamente sobre él; pues si esa fuera la vara quedarían arrasadas todas las utopías igualitarias de la modernidad.

Oscilaciones impotentes
Por supuesto que al momento de detallar cuál sería esa alternativa Perón se muestra impreciso, y el paso de la doctrina a las formas de ejecución no se dictamina con claridad. Lo cual no justifica que aquella dimensión ideológica deba ser ocluida bajo los ropajes de un posibilismo de época. Por lo demás, Marx tampoco es transparente a la hora de describir el comunismo científico. Y los dos principales textos que van en esa dirección (“La crítica al Programa de Gotha” y “El estado y la revolución de Lenin) son sustanciosos pero mantienen vivos numerosos interrogantes.
Es obvio que hoy la política se mueve en los márgenes que fija el capitalismo. Y allí vemos la enorme variedad de diferencias que se aloja en ese universo. Capitalismo es el de Den Xiaoping y el de Margaret Thatcher, el de Perón y el de Martínez de Hoz, el de Cristina y el de Menem, el de Noruega y el de Burkina Faso, el de Alberto y el de Macri. Acentuaciones no sutiles sino radicales que marcan cursos de acción antagónicos. De otra forma, es perfectamente posible mantener erguida una utopía no capitalista y simultáneamente poner pie en tierra y sostener proyectos reformistas de desarrollo productivo, soberanía nacional y justicia social.
Esto parecen no mensurarlo el rudimentario maximalismo de izquierda, los peronistas sin brújula y algunos progresistas deprimidos, que al uniformar al capitalismo como una máquina omnímoda que coloniza y domestica cualquier forma de subjetividad nos condenan a oscilar entre la melancolía ideológica, el pesimismo antropológico y la impotencia política.