Bautismo
Alma Quiroz fue ungida con los óleos bautismales en la parroquia San Vicente de Paúl.
Programación radial
Buen Anuncio, la radio de la Diócesis de Gualeguaychú, irradia su programación por la señal de frecuencia modulada (FM) en el 95.7 del dial y su canal en Youtube.
Imágenes familiares
Los lectores de LA CALLE que deseen enviar sus fotos referidas a cómo celebran sus aniversarios pueden enviarlas al correo: redacción@lacalle.com.ar para su publicación. En lo posible, consignar los nombres de las personas que aparecen en la imagen, el apellido de la familia y la localidad de residencia.
Santoral
Los católicos recuerdan a Luciano de Antioquía, santo. Nació en Samosata de Siria. Se distinguió en la retórica y la filosofía. Bajo la dirección de Macario de Edesa, se consagró al estudio de la Sagrada Escritura. Persuadido de que su deber de sacerdote consistía en entregarse totalmente al servicio de Dios y al bien de sus prójimos, no se contentó con predicar con el ejemplo y la palabra la práctica de la virtud, sino que emprendió una revisión de todo el Antiguo y Nuevo Testamento, para corregir los errores debidos a la falta de atención de los copistas y a otras causas. Sea que haya revisado simplemente el texto del Antiguo Testamento, comparando las diferentes ediciones de los Setenta; sea que, gracias a sus conocimientos de hebreo, haya podido hacer las correcciones, a partir del texto original, lo cierto es que su edición de la Biblia fue muy estimada y que resultó de gran utilidad a San Jerónimo.
San Alejandro, obispo de Alejandría, contó que Luciano estuvo separado de la comunión católica en Antioquía bajo tres obispos sucesivos. Es posible que haya favorecido exageradamente al hereje Pablo de Samosata, condenado en Antioquía en el 269. En todo caso, está fuera de duda que Luciano murió en la comunión de la Iglesia, como lo demuestra el fragmento de una de sus cartas a la Iglesia que se conserva en la Crónica Alejandrina. Aunque pertenecía a la Diócesis de Antioquía, se encontró en Nicomedia, en el 303, en el momento en que Diocleciano publicaba sus primeros edictos contra los cristianos. Sufrió ahí una larga prisión por la fe. Después de tan larga espera, compareció ante el gobernador o tal vez ante el mismo emperador, pues la palabra que usó Eusebio para designar a su juez fue ambigua. En su defensa, Luciano hizo una excelente apología de la fe cristiana. El juez le devolvió a la prisión y dio la orden de privarle de todo alimento; dos semanas más tarde, cuando estaba medio muerto de hambre, el carcelero le presentó un plato de carne que había sido ofrecida a los ídolos, pero él no quiso tocarla. Llevado por segunda vez ante el tribunal, la única respuesta que dio a cuantas preguntas se le hicieron fue: «Soy cristiano.» En el potro siguió repitiendo estas palabras, y terminó su gloriosa carrera en la prisión, muriendo por hambre o bien por la espada, como lo afirmó San Juan Crisóstomo. En sus actas se cuentan muchos de sus milagros y algunos detalles de su martirio.









