La navidad del Pocho

Por Gerardo R. Iglesias

El Pocho andaba por arriba, en lo más alto, buscando siempre el mejor lugar pa´ largar el robador lo más lejos posible. Allá, como a cincuenta metros, casi a la mitad del riacho, el pico del sabalaje bajaba las aguas dejando estelas redondas mientras el filo plateado del robador dibujaba reflejos en el aire, antes de enterrarse en el agua. El golpe seco del brazo del Pocho tensaba la piola. “Cagaste viejo…uno más pa´la olla” apenas dejó escapar el Pocho, hincado sobre la arena que ya se mesclaba con el barro, en la orilla.
Se sacó un mosquito de un manotazo, guardó el lomo plateado en el balde que lo acompañaba ya sin color de tanto tiempo de río, arena, sol y pescados muriéndose en su agujero sin salida. El Pocho manoteó la manija armada de alambre y rumbeó pal rancho, con el sol poniéndose allá en el horizonte de los campos del ejército.
Pisando los adoquines de la Defensa se daba manija en cómo mierda seguir bancando la parada en todo este despelote. Estaba desilusionado y la pandemia lo tenía cansado, desorientado. Miraba, mientras caminaba y pensaba, como pasaban los corredores que tomaron la defensa (su lugar) como pista de transpiración y competencias banales, aunque le gustaba que los pendejos la usaran para seguir afilando. A los pibes de hoy, pensaba el Pocho, “ya ni zaguán les quedó”.
Puteaba el Pocho, puteaba por el hoy, por tanta muerte y mierda alrededor. Ya casi no soporta la muerte que ronda desde todos lados. Desde los diarios, desde la justicia, desde los edificios construidos sobre una inmoral moralidad.
El sabalaje daba los últimos coletazos en el agua marrón que llenaba el balde hasta la mitad. Las gotas salpicaban para afuera, mojando los adoquines. Pero Pocho sabía. Porque venía de años de dureza, de vida al borde, que hay que seguir bancando, que esta porquería va a terminar. Se sentía casi un boxeador que viene aguantando las piñas del de enfrente, esperando la campana para respirar y salir nuevo, con más ganas y, ahora, darle el.
El adoquín, debajo de las suelas gruesas y barrosas del Pocho, jugaba a estrellas, fugaces, amigas, pendencieras, compañeras. Jugaban, los adoquines, debajo de las suelas del Pocho, a ser capitanes de su bote verde que esperaba en el Itapé. Mientras los pisaba, los adoquines se convertían en remos que empujaban el bote rumbo a la Boca del Chancho, y de ahí “pa los cables” parecían decirle al Pocho, desde allá abajo, cuando el pie se levantaba y los liberaba.
Los adoquines ahora eran madera, puño y pala que se hundía en el marrón líquido del Itapé, llevando a Pocho y su esperanza. Su esperanza de siempre. La de él, de la Lita que lo esperaba en el rancho con la gurisada. El Pocho seguía, porque quería un futuro grande, muy grande, para la gurisada. Siguió caminando el Pocho, bancando la tarde y el peso del balde con los sábalos. Había pasado navidad, la ensalada de fruta, los turrones, la sidra fueron el compartir con todos, mientras esperaban en la vereda la llegada del 25. Hoy, 25, Pocho ya debe estar enfilando para el Itapé, con el balde para subirse a la verde esperanza y salir en busca del espinel que espera, como piensa el Pocho “cargado, sin anzuelos libres, como un hermoso regalo de Papá Noel”.