Los fieles honraron en su día al patrono del pan y del trabajo.
Se celebró ayer, como cada 7 de agosto, la festividad de San Cayetano, patrono del pan y del trabajo. Si bien los actos centrales tuvieron lugar en el barrio porteño de Liniers, Concepción del Uruguay también lo honró de una manera distinta, ante el contexto de la pandemia, por cuanto no hubo procesiones ni convocantes celebraciones religiosas, como las desarrolladas hasta 2019.
Sin embargo, los fieles se congregaron a las 15:00, frente a la ermita ubicada en Congreso de Tucumán y Lorenzo Sartorio, en Santa Teresita. Allí se llevó adelante el triduo en plan de que cada uno reflejase ante Cayetano y, por intermedio, ante Dios, sus intenciones personales y comunitarias en este tiempo tan difícil en donde la gente necesita trabajo y alimentos, abrigo y salud
“Esperamos ser escuchados por el Señor para que nos traiga esperanza y fortaleza en plan de sobrellevar estos tiempos en que el mundo no la pasa bien”, expresaron los creyentes a LA CALLE.
También agradecieron al santo, “tan milagroso y al que se le tiene tanta fe”, por los favores concedidos. Su vida se caracterizó por ayudar al prójimo, por su entrega a las personas más necesitadas y, sobre todo, se destacó por su manera austera de vivir, entregando todo lo que tenía. El origen de esta celebración se remonta al 7 de agosto de 1547, el día de la muerte de San Cayetano.
El presbítero italiano nació en el seno de una familia acomodada, pero desde joven supo que su objetivo era ayudar y servir a los demás. En efecto, todo los ajeno a esto, era algo superfluo y no necesario para poder vivir en plenitud. San Cayetano fue hijo de los condes de Thiene, su padre, el Conde Gaspar de Thiene y su madre María di Porto, y estudió derecho en la Universidad de Padua. Recién terminada la carrera fue nombrado protonotario apostólico en la corte del papa Julio II, en Roma y, a partir de ese momento, comenzó una vida de reflexión y filosofía.
Fue el creador de la asociación Del amor divino, cuyo objetivo era enseñar a los socios a llevar una vida de ayuda a los demás, sobre todo hacia las personas enfermas y a todas aquellas que no se valían por sí mismas. Luego, en Venecia, creó un hospital para los enfermos terminales que, sin tener ningún tipo de esperanza de vida, los cuidaba hasta el final de sus días.
A lo largo del tiempo se desprendió de todos sus bienes entregándoselo a los más pobres y no quiso ningún tipo de reconocimiento ni de honores, cuando miles y miles de personas lo estaban pasaban muy mal. San Cayetano fue un convencido de que la Iglesia debía servir a los más pobres y que el clero debía tenía como objetivo renovar el espíritu y la labor misionera de los sacerdotes.










