Esther Vivas
La violencia obstétrica es un tipo de violencia de género normalizada. Se da más a menudo de lo que pensamos en la atención sanitaria al parto, pero también durante el embarazo y el postparto. Consiste en acciones que constituyen un daño físico y emocional en la madre como que te obliguen a dar luz sola, que te falten al respeto y no te informen adecuadamente de los protocolos, que se te realice una cesaría innecesaria o que se te aparte de tu bebé nada más nacer. Son acciones que generan consecuencias en cómo las mujeres viven su parto y con efectos posteriores. Visualizarla para erradicarla es fundamental. Hay un porcentaje muy elevado no solo en materia de maltrato a las parturientas sino de cesáreas. La medicalización del parto tiene que ver con que se le considera una enfermedad cuando no es así. La cesárea se adapta mejor a los ritmos de un sistema médico que antepone el interés económico a las necesidades reales de la madre y el bebé. Una cesárea es más cara y significa más ingresos para el sistema privado de salud. Desgraciadamente, se han normalizado estas prácticas sin tomar en cuenta que es una cirugía mayor e implica más riesgo para la madre. De acuerdo la Organización Mundial de la Salud (OMS) una cantidad justa de cesáreas deberían ser entre 10 y 15% sobre el total de partos. Pero en América Latina hay una epidemia de cesáreas. Cinco de cada 10 partos usan este método. El patriarcado al final no perdona y cada vez más las mujeres parimos de lunes a viernes en horario laboral porque se responde a los intereses del sistema sanitario y no a las necesidades de la mujer y la criatura. Maternamos en una sociedad hostil a la experiencia materna, al parto respetado y a una lactancia satisfactoria. Si de por sí no es fácil ser madre, la situación se agudiza cuando el sistema da la espalda a la mujer, violentando el parto o con licencias de maternidad muy cortas. Tomar conciencia de que el sistema económico social influye en la maternidad es muy importante. A menudo se le considera una responsabilidad exclusiva de la mamá y esto es falso. Viene muy condicionada por nuestro entorno. No somos la madre que queremos ser, sino la que podemos ser.










