Superar la zozobra cotidiana

Señor director:
Los días de tribulación e incertidumbre que estamos viviendo desde que comenzó la pandemia, parecen interminables. Es como si la zozobra cotidiana todavía nos demandara más de lo que le fuimos dando durante más de un año: miedo, lágrimas, suspiros, indignación y desespero. Desde entonces, cuanto más creemos resolver algo, menos damos en el clavo. En estos tiempos aciagos hay quienes buscan la verdad, y en algún momento logran encontrarla dentro de sí mismos. Ir hacia lo inalcanzable, les hace merecerlo. Para muchos, la innata voluntad de plenitud que los distingue tiende a mimetizarse con la realidad que les concierne, y a producir los resultados que necesitan alcanzar. A veces lo logran y a veces no. Pero, a pesar de las fatalidades que los embargan, confían en que mientras el sol siga alumbrando, los progresos que tanto anhelan los verán materializarse.
Desde todo punto de vista, estamos en una época de cambios, o mejor dicho, en una época en que las circunstancias nos obligan a cambiar.
En lo político hay corrupción descomunal. En el ámbito laboral, la robotización de los empleados los incapacita para percibir por sí mismos el verdadero sentido de la vida. En lo académico, ningún avance significativo ha ocurrido desde que se inventó la imprenta. En la docencia, se instrumentaliza el desarrollo humano. En lo social, ninguna reforma exitosa ha sido emprendida hasta el momento. Y en lo individual la desorientación reina por doquier.
Si no se produce un cambio radical que detenga el deterioro alarmante en todo lo que nos concierne, será porque los que lideran, y nosotros todos, no tenemos ideas de comprobada eficacia, ni ganas de cambiar. Sin consenso acerca del proceso inteligente que la especie humana debe adoptar para vivir en paz, ¿qué nos espera? Ciertamente, lo peor de lo peor es ser parte de una sociedad en la que la enseñanza de la ciencia espiritual no se fomenta.
La domesticación embrutece a la ciudadanía. A todos nos consta que a la delincuencia organizada se la llama “democracia”; a la implantación de malos hábitos, “educación elemental”; a la insania mental, “educación superior”; al conformismo sistémico, “bienestar social”; a la falta de sentido, “nuevas rutas del saber”; a las trasgresiones de las leyes naturales, “efectos colaterales de la ciencia experimental”. Pero aun así, todo lo torcido puede enderezarse despertando la conciencia original, capaz contextualizar con precisión la realidad que todos compartimos. La conciencia tiene tres estados: dormida, semidespierta y despierta. Dormida capta lo burdo, semidespierta capta lo sutil y despierta capta lo esencial. El pez fue creado para nadar, el pájaro para volar, y el ser humano para desarrollar plenamente la conciencia y sobrepasar las innumerables adversidades que lo agobian.
Lucas Santaella