Reflexión de Fin de Año

Señor director:
Despedimos un año distinto, y nos preparamos para vivir un nuevo año probablemente más distinto todavía. Nuestra relación con lo distinto ya es la nueva “normalidad”, una situación llena de sorpresas cada vez menos “sorprendentes”, pero siempre colmas de incertidumbre y escasas de esperanza, por estar acompañadas del fantasma del virus letal y de ciertas señales inquietantes que nos acosan dondequiera que vayamos.
Hay que decir que todo lo que está pasando nadie se lo esperaba, y que a medida que la situación atípica se prolonga y afianza, lo único que podemos hacer mientras podamos es aprender a convivir con ella. Las obligaciones que de aquí en más nos imponen la vida y los protocolos internacionales, contrastan mucho con el irrenunciable deseo de recuperar la añorada “normalidad” perdida. Y mientras tanto, sumado a este apego tan natural como justificado, se va consolidando el dramático perfil del acontecer que día tras día proyecta su alargada sombra, dándonos a entender que debemos adaptarnos.
El mundo ha cambiado y probablemente seguirá cambiando de manera nunca vista ni en películas. La codicia ha trastornado a la inmensa mayoría. Enloquecer, aturdirse y evadirse, ya es costumbre. Por desgracia, el que haya una élite de personajes enfermos de poder empeñados en reinventar el mundo a su manera (obviamente esclavizante), y que pensemos que nuestra única opción es permitirlo, demuestra que hemos perdido el control de nuestras vidas. Pero pase lo que pase, hay tres cosas a las que nunca deberíamos renunciar: libertad, autosuficiencia y desarrollo personal.
¿Qué nos aguarda? El mundo en 2030 según el Foro de Davos: “No serás propietario de nada, pero serás feliz”. Tal evento aun por ver, suena como un homenaje a la distopía de Aldous Huxley: “Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería esencialmente un sistema de esclavitud, en el que gracias al consumo y el entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre” (1932).
A este respecto, resultan oportunas las palabras de Morris West: “Cuesta tanto llegar a ser plenamente humano, que son muy pocos los que poseen el esclarecimiento o el valor necesario para pagar el precio requerido… Para ello hay que abandonar totalmente la búsqueda de seguridad y asumir con los brazos abiertos el riesgo de vivir. Hay que abrazar el mundo como un amante, sin esperar una fácil retribución de ese amor.
Hay que aceptar el dolor como condición de la existencia. Hay que admitir la duda y la oscuridad como precio del conocimiento. Hay que tener una voluntad obstinada en el conflicto, pero siempre dispuesta a la aceptación total de todas las consecuencias de vivir y de morir” (Las sandalias del pescador, 1963).
Lucas Santaella