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Video de la Escuela Música
En el marco de su 41° aniversario, la Escuela Celia Torrá, de la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Uader, presentó un video para celebrar y compartir la música ejecutada por el flamante Ensamble de Cámara. El tema 1: La siempreviva, de Carlos Guastavino, interpretada por Emilia Escobar Taffarel en canto y Stefano Maddalena en guitarra. El 2, Minuet y Badinerie, de Johann Sebastian Bach, por Carlos Arrizabalaga en flauta traversa y Sebastián Amarillo en piano.

Santoral
Los católicos recuerdan hoy a San Dositeo de Palestina. Los años bisiestos tienen el inconveniente de celebrar un tanto aislada en clara desventaja con respecto a los demás santos la fiesta de los que el santoral coloca en este día. Menos mal que, desde la altura de la santidad, esa situación peculiar, debida a las imperfecciones humanas que no encuentran otra forma para medir el tiempo, se antoja que puede ser una más de las oportunidades que en el Cielo deben tener los bienaventurados para bromear entre ellos aquello de la gloria accidental y para ejercer su función de intercesores al compadecerse mejor de las flaquezas tan comprobables de los hombres. Es el caso de Dositeo. Cuenta una antiquísima biografía suya que pasó los años de su juventud alineado en las filas del ejército, peleón como el primero y entusiasta de las victorias como el que más. Era cristiano. Entre guerra y guerra tuvo la oportunidad de visitar los Santos Lugares; peregrino piadoso, fue rememorando los acontecimientos de la Salvación que allí se realizaron. Su amor a Jesucristo fue creciendo entre las piedras que podía tocar y besar; en Getsemaní se quedó profundamente impresionado ante la visión de un cuadro que representaba los tormentos del Infierno. Aquello fue la ocasión para que diera un vuelco su vida. Decidió abandonar sus estudiados planes de futuro y los cambió por hacerse monje en Gaza (Palestina); desde entonces, intentó poner en juego todas sus energías con el fin de lograr la más perfecta imitación de Jesucristo, bajo la dirección del abad San Doroteo. Comprendió con claridad que cualquier persona, cosa y situación de la tierra podría servirle de enredo y estorbo para el anhelo del Cielo. Y, con el paso del tiempo, cuentan sus biógrafos, logró un desapego completo y perfecto de todas las cosas, manifestado, incluso, en el desprendimiento de los libros para los rezos y de las herramientas con las que trabajaba su huerto. De esta manera, se presentó al asceta San Dositeo como un inmenso mazo de amor a Dios, un hombre cuya voluntad estuvo plena deseos, de ansias, de anhelos de vivir en exclusiva para el Señor, con la decisión de entrar en su eterna posesión sin la rémora o lastre que pueda suponer el más ínfimo cariño a las cosas terrenas.