Hojas sueltas. Violencia I

Ballpoint pen attached to blank loose-leaf paper placed on wooden table

David Bueno
Doctor en Biología. Genetista

La violencia se había tratado hasta ahora como una cuestión básicamente social y cultural, desde el punto de vista sociológico y educativo. Los avances en genética de los últimos 20 años han permitido saber que hay genes que ya condicionan el grado de agresividad de cada persona. No todos somos de inicio igualmente agresivos, pero no significa que la cultura no juegue ningún papel, que es importantísimo. La biología y la psicopatología tienen cosas que decir en cualquier tipo de violencia, entendida como una agresividad fuera de contexto.
Hasta ahora no se había abordado la violencia desde esta perspectiva, un poco por miedo. Si personas con algún tipo de patología cometen actos violentos, mucha gente tiene miedo que esto se convierta en un atenuante en posibles cuestiones legales. Pero una cosa no quita la otra. El hecho de reconocer que hay algunas patologías que pueden favorecer comportamientos violentos no quita ninguna responsabilidad legal a las personas que las acaba cometiendo. Lo que sí contribuye es a intentar a identificarlas antes de que cometan cualquier acto de violencia atroz.
La violencia está presente en nuestra sociedad, es un hecho. Somos una especie agresiva porque la agresividad es una emoción, un patrón de respuesta que exteriorizamos de forma automática ante cualquier situación que interpretamos como un peligro. Nuestro cerebro funciona así.
Una zona del cerebro, llamada amígdala, se encarga de detectar los posibles peligros y de responder de forma preconsciente, y la agresividad es una de las respuestas más rápidas. En una sociedad en la que no se ha educado para disminuir su nivel de agresividad y se vive en cierto estrés, que inhibe los procesos de reflexión, es muy fácil que se den comportamientos agresivos ante situaciones que no son peligrosas en absoluto. El cerebro en aquel momento, por su circunstancia puntual o por una patología, interpreta un peligro cuando muchas veces no lo hay.
Afortunadamente contamos con un gran mecanismo para que el cerebro controle esta violencia: la educación.
La educación es la clave para disminuir estos niveles de violencia. Es más efectiva antes de los tres años. Hay estudios con gemelos, con los mismos genes, uno educado en un ambiente agresivo y el otro en un ambiente tolerante, y la respuesta es totalmente distinta cuando son adultos.