Señor director:
La situación estresante que se vive en todo el mundo desde un año para acá, ha generado consecuencias aflictivas difíciles de contrarrestar, y lo grave es que todo se va complicando más y más cada día que pasa. Las cifras de contagiados por covid y las muertes aumentan a diario, y solo escuchar o hablar de ello enferma a cualquiera. La sofocante impotencia que todos sentimos provoca emociones contrastantes, y una exorbitante cantidad de conflictos personales que derivan en psicopatías, resentimientos y suicidios.
En todo el mundo se están tomando medidas restrictivas e imponiendo protocolos sanitarios pero al parecer, el problema se está expandiendo por todas partes como una mancha de aceite. Esta es la realidad. La pandemia ha eclipsado otros problemas de salud iguales o peores, así como las muertes por accidentes de tráfico, los asesinatos, el terrorismo, la trata de personas, los abortos, los suicidios y una larga lista de calamidades insufribles causadas por la influencia de la vida loca de la que, en mayor o menor grado, todos formamos parte.
Durante muchos años se han cometido en el mundo muchas locuras y desmanes de todo tipo. En consecuencia, con bastante frecuencia están ocurriendo catástrofes naturales, enfermedades y conflictos que demuestran que, sí o sí, la ley de causa y efecto sanciona todas las transgresiones que hacemos (aunque por estar desinformados algunos no lo admitan).
La vida humana es una magnífica oportunidad de experimentar el cielo en la tierra, pero la idea equivocada de que somos los dueños del mundo, con derecho a explotarlo a nuestro antojo, lo ha arruinado todo. Debemos crear un mundo nuevo en el que no estemos combatiendo unos con otros, destruyéndonos mutuamente; en que unos sean dominados por otros con sus ideologías, fuerza bruta, o cualquier tipo de manipulación, pues solo en esa libertad es posible aportar orden al mundo en que vivimos.
Las restricciones para combatir la pandemia han provocado ansiedad, depresión, insomnio, negación, angustia, miedo, crispación social y graves perjuicios económicos. La transmisión asintomática de la enfermedad causa desazón e incertidumbre, y, el no saber cómo evitarlo, aumenta los casos de estrés y abatimiento. No obstante, si uno lidia con ello con suficiente ingenio y valentía, se fortalece a sí mismo y transmite su entusiasmo a los demás.
En estos momentos, la conciencia de que somos una gran familia no debe faltar. En lo personal debemos desenredar la red de convencionalismos que nos impide cooperar con nuestros semejantes y nos divide, produciendo intenso dolor, aislamiento y agonía. Aunque parezca improbable revertir la situación, debemos intentarlo pues a menos que lo logremos, los problemas globales –de los que todos somos responsables– irán aumentando sin cesar.
Lucas Santaella







