El mundo pos pandemia

POR ANA HERNÁNDEZ

Llegó una invitación para escribir sobre bueyes perdidos, pero para eso hace falta que vuelvan los abrazos. Que vuelva el realismo mágico, la gallina en el colectivo y sus colores. Los grandes vendedores de esperanza no volvieron del mercado, los juglares se mudaron de planeta.
Hoy todo es incertidumbre, pero lo único que no tiene discusión en el marco de la pandemia y pos pandemia son las bondades del neoliberalismo; la mano invisible del mercado regulando y haciendo equilibrio. Lejos de un acertijo o una predicción la próxima discusión es discursiva y quien narre o quien se sienta con derecho a hacerlo será decisivo.
Como dice la canción si la historia la escriben los que ganan eso quiere decir que hay otra historia. El 80 % del mundo estuvo comprometido; el hecho simbólico inusual y poco registrado es que suceda lo mismo, al mismo momento en todo lugar. Un virus que acecha a gran parte del planeta. Por lo tanto, genera esa rara e imprecisa sensación de un no lugar, la soledad y el desamparo. La casa debió convertirse en hogar, cueva o trinchera.
Dependiendo de las circunstancias; quizás esta vez la pensión del chavo no fue tan mala, y fue una suerte. Los padecientes tienen pocos o casi nulos recuerdos de algo con este precedente y los libros hablan de algo parecido con la denominada gripe española entre 1918 y 1919 que mató a 50 millones de personas.

Se compra Esperanza
El mundo pos pandemia tendrá una batalla discursiva y es en la arena de la política. Ya es una confirmación la inverosimilitud del discurso mágico sobre las bondades del neoliberalismo. Instancia que invita a barajar las cartas y dar de nuevo. No es pequeño el detalle. Para el análisis del Discurso la realidad no existe se construye. Quien lo haga y ponga el sello determinará si esta “crisis es una oportunidad “como se dice en Oriente o una reafirmación de lo viejo. Es una Instancia en la que habrá nuevos y nuevas protagonistas; intervendrán sujetos políticos como el movimiento de quienes naufragan en el mediterráneo; los condenados de la tierra como tituló Fanón.
El optimismo en los nuevos tiempos es cuasi obligatorio e imperdonable; se escribieron párrafos kilométricos sobre la puesta en cuestión del capitalismo y su posible muerte, lo cual es poco probable ya que en su génesis siempre estuvo la virtud de regenerarse. Su versión más cruel; la que no tiene rostro humano tiró litros de tinta. Basta una recopilación de las noticias de sus defensores llamando a revalorizar el Estado como órgano regulador de la vida de las personas. El año pasado Macron elogió la salud pública y el conservador Boris Johnson contagiado con rasgos de Churchill y la lista sigue.

Dibujando el horizonte
Perdimos la capacidad de asombro por las postales que recorren el mundo; una cifra que cambia todos los días. Manhattan vacía de personas con un hospital improvisado en el Central Park fue una postal. “El Coronavirus es el primer eclipse serio del dominio norteamericano, que ya no parece disponer de ninguna idea de Civilización. Queda por ver cómo los países emergentes, los únicos aún capaces de una invención política distinta…” dice Jorge Alemán.
Pero si sorprende la ausencia de preguntas sobre cómo sacudir la precariedad de este modelo tan impregnado en las trayectorias de todos y todas. No hay proyecto y no hay quien lo escriba. Es urgente crear esperanza, grandes pintadores de arcoíris y horizontes posibles. La sociedad lo necesita casi tanto como el pan y el agua dulce.
Es por ello que el optimismo es obligación en este contexto. Sin embargo, hay algo que el cumplimiento de la cuarentena trajo es la confirmación que el ser humano puede también ser finito y extinguible. No estamos sobre el mundo, apenas formamos parte del mismo.
Los países emergentes como nos denominan con sus particularidades; el realismo mágico de Márquez; la cumbia, el rio en su diversidad y el ingenio de sobrevivencia. Pero más que nada se necesita una gran maquina creadora de esperanza que permita dibujar el horizonte.