Ecofeministas

Los más jóvenes se están alzando en defensa de su futuro, y el nuestro. Nadie sino ellos parece darse cuenta de que o cambiamos el rumbo de las actuales políticas económicas, energéticas y de consumo o mañana no habrá planeta que nos acoja. Nuestra precaria vida laboral y social apenas nos permite ver más allá de las facturas por pagar, las tareas domésticas pendientes o todo el trabajo que no llegamos a realizar. Los adultos salimos a la calle cada tanto para protestar por alguna cosa más o menos sectorial, por aumentos de salarios, contra los despidos, para oponernos al cierre de alguna fuente laboral. Pero no nos movilizamos lo suficiente contra la especulación urbanística, la connivencia público-privada o la corrupción. Nos indignamos, sí, pero no dejamos el sillón de casa. En términos generales, balconeamos todos los conflictos que no nos tocan el bolsillo. Hay otra actitud en los jóvenes. Podrán cometer la idiotez de participar en una fiesta clandestina, pero saben mejor que muchos de sus padres que esta crisis sanitaria y económica es, ante todo, una crisis ambiental y social. Los virus están atravesando la barrera de las especies, ya sean murciélagos o monos, a los seres humanos, porque interactuamos cada vez más con ellas al destruir e invadir su hábitat. Y si frente a esta nueva guerra el único refugio es nuestra casa, ¿cómo se salvarán los que no tienen un techo, los que viven hacinados, los que no tienen agua ni para lavarse las manos? Ahora empezamos a darnos cuenta que nos quedamos sin otoños ni primaveras, que la temperatura sube año tras año, que desaparecen variedades agrícolas y ganaderas. Nos dicen que no nos preocupemos que allí estará la tecnología para salvarnos, pero el problema no es técnico sino político. Nos instan a reciclar, a ahorrar agua y electricidad, a hacer un compost en un rincón del patio. Pero la solución no es individual sino colectiva. Los jóvenes, y las mujeres, lo saben. Se informan y nos enseñan. Hay quien dice que están llevando a cabo una “rebelión ecofeminista”, pero como con el cambio climático, todavía somos incapaces de aceptar que está ocurriendo porque no resulta intangible.